jueves, 2 de febrero de 2017

Violencia Juvenil en la Escuela:¿Que podemos aprender de Columbine?


Hoy en el periódico "ESCUELA", editado por Wolters Kluver, la periodista Saray Marques ha publicado un articulo sobre violencia juvenil. En esta pieza se recogen algunos comentarios realizados en una entrevista que me hizo hace unos días. El motivo de la entrevista eran los sucesos violentos de un IES de Villena (Alicante). En este IES un estudiante de 17 años atacó a sus compañeros con una navaja produciendo de años a varios de ellos. Actualmente esta internado en observación en un centro hospitalario. La autora relaciona estos hechos a la luz del libro, publicado por la madre de uno de los protagonistas de la matanza de Columbine (USA), sobre el papel de la educación familiar en los problemas de los adolescentes.


A continuación transcribo el contenido de la entrevista.

¿Qué podemos aprender de Columbine? 31-1-2017 | Wolters Kluwer | Saray Marqués 

Cualquier acción violenta en un instituto, perpetrada por un estudiante, está llamada a copar titulares, pero ¿se pueden prevenir sucesos de este tipo? ¿Se puede extraer alguna lección para evitar que se repitan? 
El pasado viernes nos sorprendía un suceso violento en un centro educativo. De momento, desde la Administración se pide "prudencia y respeto" para el menor que causó heridas de arma blanca a algunos de sus compañeros de su instituto de Villena (Alicante), tras irrumpir en un aula a segunda hora. A la espera de que se esclarezcan los hechos y la intrahistoria detrás de esta acción violenta puntual, y sin intención de generar alarmismo, tratamos de desentrañar con el profesor de la Universidad de Barcelona Antonio Andrés Pueyo qué late detrás de hechos aislados como este. 

Pueyo es experto en predicción de la violencia, agresión y personalidad y dirige el Grupo de Estudios Avanzados en Violencia de la UB, donde es catedrático del departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos. Precisamente en esta universidad acaba de lanzarse un curso de posgrado para todos aquellos profesionales del campo educativo, social o criminológico que deseen ahondar en esta materia. 


¿Ha habido un antes y un después de Columbine (la masacre en un centro de secundaria de EEUU en que dos alumnos, en abril de 1999, acabaron con la vida de 12 compañeros y un profesor y se suicidaron)? 
Es cierto que desde entonces ha habido graves atentados en las escuelas, baste recordar Sandy Hook. Han pasado muchas cosas en estas dos décadas, pero no sé hasta qué punto se puede relacionar con Columbine. Lo que sí es cierto es que en este tipo de temas se mezclan muchos factores. En el último caso que nos ocupa, el que ha sucedido en Alicante, todavía tenemos poca información, y es necesario un estudio retrospectivo, con detalle, intentar reconstruir todo lo que pasaba antes de que sucediera esto, que es algo siempre sorpresivo. Sin embargo, en casos análogos después se ha descubierto que había indicios de que podía pasar. Creo que es muy importante diferenciar los problemas de convivencia de estos sucesos violentos tan graves. Si no, es como querer comparar una pelea en un bar por un partido de fútbol con un asesinato. Siguiendo con esta analogía entendemos que estos sucesos tan graves tienen más que ver con el asesinato que con la pelea del bar. En casos previos, como en el asesinato en Cataluña de un profesor por un menor, se ha descubierto cómo ese menor sufrió un problema muy grave de salud mental, que apareció bruscamente. Por eso, a la hora de prevenir, es muy importante definir qué es lo que se quiere prevenir, para saber cómo hacerlo, si el bullying y las peleas entre grupos en el colegio, la mala convivencia o la mala conducta o ataques violentos del tipo que venimos comentando. Si uno cree que con un plan va a eliminar todo es un poco iluso. Es como definir un plan para eliminar todas las enfermedades: no es lo mismo la diabetes, el cáncer, el alcoholismo o la gripe. Se pueden dar buenas pautas generales de salud, pero la prevención ha de pasar por la detección precoz y la intervención preventiva específica. Igual con la violencia, tanto para la extremadamente grave como para la cotidiana, cada una en su nivel. Hay que tener en cuenta que no siempre el que se comporta mal en el patio es luego el que se transforma en asesino. Hay que distinguir muy bien esos niveles, y hay que tener en cuenta que la prevención no es fácil, es compleja, tiene muchas teclas… 

¿Hasta qué punto se pueden prevenir estos actos violentos extremadamente graves? 
La prevención de la conducta violenta grave en las escuelas pasa por implementar procesos de seguimiento muy individualizados. Hay niños cuya educación es complicada, con problemas desde muy pequeños, que conviene identificar y cuanto antes mejor. Hay que saber también que existe el 1 / 4 Si se quieren prevenir problemas de convivencia pueden funcionar las estrategias de educación emocional, colectivas, enseñar a los niños a resolver los conflictos sin violencia Hay que cuidar la observación genérica y preocuparse por el desarrollo individual de cada chico, y estar atento a las señales de alerta, cuidando aspectos como la salud mental, el consumo de drogas, los grupos, los cambios bruscos en el devenir individual… riesgo de estigmatizar, por lo que se requiere mucha sensibilidad y precisión, y no alarmarse, porque sucesos como el último, de Alicante, son muy infrecuentes, no hay que asustar a toda la comunidad ni empezar a poner arcos para detectar armas en las escuelas, que sería como querer matar moscas a cañonazos. Ha pasado esta vez, pero no pasa cada semana: una vez en Madrid; otra, en Cataluña; otra, en Galicia… Conviene hacer seguimiento y distinguir: si se quieren prevenir problemas de convivencia pueden funcionar las estrategias de educación emocional, colectivas, enseñar a los niños a resolver los conflictos sin violencia. Si se quiere prevenir la violencia grave es fundamental la detección precoz de posibles casos, preocuparse por el estado de los niños y adolescentes con más problemas. Pero no tiene sentido evaluar con algún tipo de "test"a todos los niños, porque además estos casos tienden a escaparse de las evaluaciones más corrientes y habituales. 

Habla de las niños/adolescentes con más problemas, ¿es entre ellos el acoso escolar uno fundamental? 
Sí, se sabe que los chicos y chicas que han sido victimizados, en ocasiones, cuando van creciendo, se convierten en agresores. Es un cambio de rol en que el sufrimiento y maltrato recibido les dan razones de venganza, de tomarse la justicia por su mano. Si además son personas con dificultades emocionales y de regulación conductual, es como echar gasolina al fuego. El seguimiento de estos casos es importante, con programas de prevención generalizados y de detección precoz que nos ayuden a anticiparnos. 

¿Es la escuela un lugar privilegiado para hacer ese seguimiento? 
Sí, hay que tener en cuenta la historia personal y familiar, que puede condicionar situaciones complicadas, pero sí, en la escuela muchos de esos niños son observados a lo largo de mucho tiempo. Es, en este sentido, un lugar privilegiado de observación. Cierto es que no hay reglas ni índices matemáticos y precisos para predecir el comportamiento futuro de un niño o adolescente, solo aproximaciones relativas: "Si de pequeño hacía tal cosa tiene más probabilidades para, de mayor…" pero la escuela, el contacto con los padres, los servicios médicos y sociales, son claves para la detección precoz y la gestión de los riesgos a lo largo del desarrollo. En ocasiones el indicador es un cambio muy brusco en el chico. No es fácil. Ahí están las reacciones, tras los sucesos de este tipo "¡Cómo es posible, sacaba tan buenas notas!", pero siempre hay algo más, como que se interese por las armas… Luego nos daremos cuenta de que no se le puede quitar importancia a este tipo de cosas, pero desgraciadamente se suele ver después. Por eso es importante concienciar a los profesores, al entorno de los estudiantes, de que a veces pasan estas cosas, y que cambios bruscos, aparentes tonterías, se podrían haber utilizado para la prevención. 

¿Puede convertirse el instituto en un microcosmos asfixiante, en que además todo se magnifica, para estos chicos? 
En algunos casos son chicos que se sienten muy aislados… por lo que hay que intentar comprender muy bien las situaciones que vive cada uno de los estudiantes. En estas edades la escuela, el instituto, con sus relaciones personales, sus grupos, es el 80% de su vida, es casi todo. Es por eso un lugar que puede aportar una información excelente, pero que debe usarse con la debida discreción para no vulnerar los derechos individuales. Los educadores en general deben considerar que esto puede pasar, contemplar esta posibilidad. Si no piensas que te puede pasar no estarás capacitado para anticiparlo, pero tampoco puedes estar alarmado ni alarmar al entorno. No vale decir el "Esto en mi escuela no pasa"… hasta que pasa. Por eso hay que cuidar la observación genérica y preocuparse por el desarrollo individual de cada chico, y estar atento a las señales de alerta, cuidando aspectos como la salud mental, el consumo de drogas, los grupos, los cambios bruscos en el devenir individual… 

¿Solemos reaccionar con el "Nadie lo hubiera dicho de este alumno"?
 Es que es un asunto demasiado heterogéneo como para establecer un arquetipo… ¿Qué pasa, que si el alumno busca la bronca permanentemente, va vestido de militar, con tatuajes que llaman a la violencia, a nadie le sorprendería? Cuando sucede, que, como he dicho, es muy esporádicamente, intentamos encontrar la explicación, y el primer recurso es este: "¡Pero si era un chico normal y sacaba buenas notas…!". Pero eso son indicios, y no tienen que ver necesariamente con la conducta violenta: Un alumno con un trastorno mental puede sacar buenas notas, y, sin un trastorno mental, sacarlas malas, o puede que, de repente, se encuentre en un momento de crisis emocional importante. Todo esto es compatible. Y nadie desde que nace va con el estigma de que va a matar a alguien cuando llegue a los 30 años. Ocurre también con otro tipo de asesinatos, el "Saludaba en el ascensor…". Sí, hay "monstruos" capaces de matar a su pareja perfectamente identificables, pero también hay personas que un día, de repente, cometen un acto cruel que sorprende, como un feminicidio. 

Dentro de la prevención, ¿es clave la educación emocional? 
Sí, nos abre la vista, el horizonte. Hasta hace un tiempo, en un colegio, ¿qué niños preocupaban? Los que se portaban mal. Pero el niño que estaba sentado, inhibido, que no jugaba… preocupaba pero quizá el maestro habría respondido "Me preocupan más los otros". Si un niño está así, algo le pasa. La educación emocional nos aporta una visión integral del niño en la escuela, y es buena para detectar cambios. Si durante todo el trimestre el niño o adolescente va bien, pero empieza a mostrarse triste, cabizbajo, es importante conocer qué ha pasado. Igual es solo un cambio en el estado ánimo sin trascendencia, pero a veces no es solo eso. Los niños pasan muchas horas en las escuelas y conviene detectar sus necesidades emocionales. 

Empezábamos hablando de Columbine, ¿deberíamos tener en cuenta factores culturales que hacen imposible la comparación de EEUU con España? 
Bueno, hay algo que después de Columbine ha sucedido a escala global, y es que ahora la violencia escolar forma parte de la agenda de los responsables de las escuelas. En ese sentido, tuvo un gran impacto. La diferencia entre EEUU y España está en la disponibilidad de armas, mucho mayor en la sociedad americana. Aquí, cuando tiene lugar algún ataque, suele ser de una magnitud mucho menor, y tenemos la gran fortuna de contar con una red social muy fuerte (la asistencia social, médica, etc), lo que nos distingue también en el apartado de factores de riesgo que pueden desembocar en un hecho de esta tipología. En España cualquier adolescente está en general muy "monitorizado" socialmente, existe más o menos coordinación entre unos servicios y otros, lo que permite anticiparse a problemas que no conocemos porque no aparecen en las noticias, conocemos solo los que se han escapado del sistema, pues no hay nada absolutamente eficaz ni que lo detecte todo. En EEUU no existe seguridad 2 / 4 En España cualquier adolescente está en general muy "monitorizado" socialmente, existe más o menos coordinación entre unos servicios y otros, lo que permite anticiparse a problemas que no conocemos porque no aparecen en las noticias En la mayoría de los casos, en el proceso de educación paterno-filial siempre hay luces y sombras social, sanidad universal… eso afecta mucho al estado de los miembros de la sociedad más vulnerables a las enfermedades, la exclusión, etc. Al mismo tiempo, España es uno de los países menos violentos del mundo y de Europa. La tasa no es cero, pero no hay color. 

¿Sabe que la madre de uno de los autores de la masacre de Columbine se dedica ahora a prevenir el suicidio en adolescentes? 
El suicidio en la adolescencia, que es algo más frecuente de lo que se cree socialmente, suele ir asociado a problemas emocionales muy graves, a veces de aparición brusca y siempre trágicos. Los criminólogos saben que las ideas de suicidio y homicidio, y a veces esos comportamientos, suelen aparecer muy asociados. El suicida y el homicida muchas veces ven en este acto violento la solución definitiva de un conflicto que no saben cómo resolver. La experiencia de esta madre que educó a uno de los atacantes de Columbine, que se suicidio después de la matanza, parece ser que le ha animado a publicar este libro y atender a esta problemática. Educar a los hijos no es una asignatura fácil, especialmente cuando los hijos son "difíciles" de educar. Si son "fáciles", respetuosos, dóciles, amables, obedientes, cualquier persona vale para educarlos de forma prosocial, simplemente hay que dejar que las cosas fluyan, que los niños crezcan, y no interferir de forma negativa en ese proceso. Los niños fáciles no exigen a sus padres nada difícil, pero para los difíciles, los rebeldes, los complicados, no es suficiente con el amor, estos chichos ponen a prueba la capacidad educativa de los padres. Los padres deben ayudarles, acompañarles en el crecimiento, y evitar los riesgos e influencias negativas, hay que pensar que los padres también pueden hacer mucho daño a sus hijos. Es muy importante señalar que la mejor forma de prevenir la violencia juvenil es que los niños no sean maltratados ni objeto de abusos en el entorno familiar. Que los padres traten bien, no maltraten ni abusen de sus hijos, contribuye a reducir mucho el riesgo de la violencia juvenil. Pero con quererles mucho no vale, del mismo modo que ante una parálisis cerebral hay que acudir cuanto antes a rehabilitación, hay que ayudarles a andar… queriéndoles mucho a la vez, pero sin dejar de ir a la rehabilitación. La relación entre la práctica educacional y el resultado educativo es complicada: hay hijos que se comportan mal porque sus padres lo han hecho muy mal y otros que son difíciles y sus padres no han podido hacerlo mejor. En la mayoría de los casos, en el proceso de educación paterno-filial siempre hay luces y sombras. 

Ese es precisamente el título del libro de Sue Klebold, ‘El amor no basta’… 
Pueden darse explosiones emocionales, puede haber deseos de venganza mal encauzados, un trastorno mental transitorio, que creo que tuvo mucho que ver con lo que ocurrió en Columbine, en la que hay dos chicos y uno de ellos se deja llevar… En los hechos violentos en adolescentes es más habitual la intervención en grupo que en los de adultos, porque los adolescentes se influyen mucho entre sí. Dicho lo cual, quizás la madre es la persona menos objetiva del mundo para hacer un análisis. Es un descargo de conciencia, pero el mensaje que late detrás es que si tienes un hijo difícil, con problemas, la labor de educar es muy exigente, conviene esforzarse al máximo, y que no todo el mundo lo sabe hacer. Por eso conviene detectar pronto esos problemas, esas demandas específicas de los niños, con tres, cuatro, cinco o seis años en algunos casos. 

¿Cree que hay un efecto llamada cada vez que se produce un suceso de este tipo? 
Probablemente algo de efecto tiene, pero conviene analizar si es mucho o es poco, ese efecto. Además, ese efecto no es igual en todos los receptores de la información. Dar una noticia es fundamental para informar, para dar cuenta a la sociedad de lo que está sucediendo. Hay muchas razones para darla. Si hay un efecto copycat o imitación no se sabe con certeza, pero, en mi opinión, si lo hay, probablemente es muy pequeño. 


NOTA INFORMATIVA

El próximo día 23 de Febrero de 2017 se realizará una Sesión de presentación publica del curso de Experto en Gestión e Intervención de la Delincuencia y la Violencia Juvenil.

domingo, 22 de enero de 2017

La personalidad de Donald Trump: pronosticando el futuro.


Existe mucha expectativa y preocupación ante lo que puede hacer Donald Trump como presidente de los USA y no parece necesario justificar esta afirmación. Por el contrario, sí que necesitaremos justificar y fundamentar cualquier pronóstico sobre la conducta futura de este personaje, especialmente si queremos pronosticar sus decisiones futuras en base a su forma de ser, a su personalidad. 

Ya hace muchos meses que D. Trump es objeto de análisis por diversos especialistas. Entre estos destacan, por su frecuencia en los medios de comunicación, psiquiatras que suelen analizar a D. Trump en clave psicopatológica. Muchos de ellos consideran que es el “arquetipo” de una persona afectada por un “Trastorno de Personalidad Narcisista”. Esta categoría de trastorno, por su naturaleza, no pronostica nada bueno. 


Los Trastornos de Personalidad son alteraciones crónicas, prácticamente inmodificables, de la personalidad que tienen consecuencias negativas para las personas afectadas y su entorno inmediato. En cierto sentido estas consecuencias son similares a las que producen los trastornos mentales graves. Por tanto si fuese cierto que D. Trump tiene un trastorno de personalidad de este tipo nada bueno podemos esperar para el interés general. Posiblemente este “diagnóstico" es una generalización excesiva, porque diagnosticar a D. Trump como alguien que sufre un Trastorno de Personalidad en base a las apariencias extremas de su modo de ser, es claramente inadecuado. Utilizar un diagnóstico para pronosticar el futuro de un paciente es útil, porque debido a los efectos del trastorno podemos anticipar que cosas podrán pasar por efecto del trastorno. En este sentido los trastornos de personalidad tienen dos propiedades interesantes para los pronósticos: son muy poco modificables y duraderos

Pero probablemente esta atribución según la cual D. Trump sufre un trastorno de personalidad no sea más que una exageración cometida por analogía. Los psiquiatras – y los periodistas que les siguen – suelen utilizar con frecuencia la taxonomía psiquiátrica para comprender la forma de ser de las personas y personajes que analizan. Eso les lleva a interpretar como patologías lo que muchas veces no son mas que rasgos distintivos de la personalidad. Exageran sus juicios sobre personas como los presidentes de gobierno u otros personajes públicos destacados que, por lo general, no suelen tener enfermedades mentales tan crónicas o graves o, al menos, en los momentos más álgidos de su carrera política como se les atribuye. Posiblemente sea más acertado analizar la personalidad, su idiosincrasia personal, de forma directa y no por analogía a los trastornos mentales. Es decir hacerlo en clave de normalidad psicológica y no psicopatológica.

El mejor predictor futuro de la conducta y del comportamiento de los individuos es la personalidad de los mismos. La Personalidad es el conjunto de disposiciones temperamentales, actitudes y rasgos del carácter que afectan al modo estable y consistente al modo de comportarse – sobre todo socialmente - de las personas.



Pero, ¿sabemos cómo es la personalidad de Donald Trump? La respuesta es ambivalente. Podríamos conocerla bien porque su historia personal, su presencia e importancia pública permiten conocer de él más cosas (biografía, actuaciones, relaciones personales, actitudes, declaraciones públicas, etc..) que de cualquier persona anónima. Sin embargo, muchas de estas informaciones son (o pueden ser) falsas, imprecisas, superficiales o ser atribuciones sesgadas, entre otras cosas y basarse en ellas puede llevar a un análisis erróneo. Por otra parte desconozco si algún especialista – aunque ya hay biografías publicadas, análisis periodísticos, etc.. - lo ha estudiado directa e intencionadamente para hacer un perfil de personalidad de D. Trump. Por tanto, quizás lo que sabemos de él es demasiado superficial, esté falseado y modificado o sea incompleto, pero se conocen muchas cosas. Hacer un “diagnóstico” de la personalidad de un personaje público siempre es arriesgado, pero a la vez excitante y los biógrafos, periodistas e historiadores lo saben bien porque es siempre interesante.

Dan P. McAdams es un psicólogo de la Universidad de Northwestern (Chicago,USA), actualmente el Director del Departamento de Psicología de aquella universidad, y un reconocido especialista en la Psicología de la Personalidad. El pasado mes de Julio redacto un informe, publicado en la revista The Atlantic, en el que hace un análisis de la personalidad de D. Trump que resumiré y comentaré, por su interés, en este post.

En primer lugar el retrato “psicológico” de la personalidad de Donald Trump, para tener validez pronostica, ha de sustentarse en el modelo de rasgos de personalidad mejor contrastado por la Psicología científica moderna. Y así es como lo ha organizado D.P. McAdams en su trabajo citado. Este esquema de rasgos básicos de personalidad incluye un conjunto de cinco elementos distintos que, en combinación, caracterizan la consistencia y la estabilidad conductual de cualquier persona a lo largo de su trayectoria vital y psicológica. 

Estos elementos son las disposiciones temperamentales, las motivaciones y objetivos personales, el auto-concepto y la identidad psicológica, así como las actitudes y las creencias individuales. Estos elementos, precisamente por su estabilidad y consistencia, son poderosos predictores de la conducta futura de las personas. Dice D. P. McAdams, “la personalidad de D. Trump incluye rasgos y disposiciones extremas y esto es infrecuente en las figuras de los anteriores presidentes de los USA, muchas personas que han conocido y tratado a D. Trump dicen que es una persona desconcertante”. Vamos a descomponer esta calificación y describir el perfil de personalidad de D. Trump como si de un proxy se tratase, desde un modelo de personalidad “objetivo y riguroso”, es decir en términos de rasgos de personalidad, motivación e identidad.

Los estudios psicológicos de la personalidad humana nos dicen que la matriz básica de disposiciones y rasgos de personalidad, algo así como el esqueleto psicológico de la individualidad, está formada por 5 grandes elementos que son: la Extroversión (disposición a tener y disfrutar de las relaciones sociales), el Neuroticismo (disposición a la regulación de las emociones), la Apertura a la experiencia (disposición a ser abierto y tolerante con las ideas, las personas, la cultura, los valores, etc..), la Cordialidad (disposición a la humildad, altruismo y la consideración de los demás) y la Responsabilidad (disposición a ser productivo, prudente y ordenado). Estas disposiciones se caracterizan funcionalmente por algunas propiedades, entre las que destacaremos dos: su bipolaridad, cada una de ellas tiene dos polos y así, por ejemplo, la extroversión es un polo y su contrario la introversión, y esto vale para las cinco dimensiones. La otra propiedad es que estas disposiciones, que están presentes en todas las personas, siempre actúan en conjunto, combinadas y a la vez, como respuesta a las demandas situacionales del entorno y del momento.

El perfil de personalidad no es más que la configuración individual de estas cinco disposiciones. Cada configuración de rasgos es como el esqueleto psicológico de la individualidad, está constituido por elementos rígidos, que no cambian mucho con el paso del tiempo, pero a su vez su combinación es única, relativamente flexible y estable para soportar el funcionamiento psicológico de su “portador” a lo largo de toda la vida. Lo más práctico – pero válido - para conocer la personalidad de un individuo es ver en cual o cuales de estas cinco dimensiones destaca y que combinación es la suya, la que identifica su idiosincrasia psicológica.

D. P. McAdams dice, después de analizar mucha documentación fiable y comparando este nuevo presidente con muchos otros expresidentes norteamericanos, que D. Trump refleja una Extroversión elevada o extrema, que aparece combinada con una también extremada baja Cordialidad. Para hacernos una idea de lo que significa esto es útil comparar los rasgos de la personalidad de D. Trump con los de otros presidentes. Así B. Obama parece relativamente más introvertido y también muestra un poco más de Neuroticismo y G.W. Bush es también muy extrovertido y a su vez muestra muy poca Apertura a la experiencia.

Se conoce a D. Trump como alguien siempre inmerso en actividades sociales, muy activo, optimista, pródigo, enérgico, hablador, etc.. solo hay que mirar su actividad frenética con los “tweets” o su energía como protagonista y centro de las reuniones. Asimismo D. Trump es un impenitente buscador de experiencias positivas y placenteras, premios, recompensas y ganancias, parece no tener fin en esta actividad. La Cordialidad de Trump es también igual de extrema que su Extroversión, pero en el sentido contrario, es decir muy, muy baja. Es duro, orgulloso, pretencioso, desconfiado, rudo en el trato, arrogante, deshonesto, faltón y puede ser muy desagradable con los demás. Ambas disposiciones, Extroversión y Cordialidad, tienen que ver con las relaciones sociales y con las personas. La personalidad de D. Trump destaca por reunir, a la vez, dos rasgos extremos en su personalidad y, como no podía ser de otra forma, su biografía está llena de ejemplos que lo confirman. En su biografía destacan la gran variedad e intensidad de sus relaciones sociales, con una constante y elevada desconsideración para aquellos a los que no aprecia, sea por el motivo que sea. Quizás por este segundo rasgo no aparecen en su entorno colaboradores estrechos y cercanos que no sean otros que los miembros de su propia familia.

En clave pronostica, su estilo de interacción social va a ser probablemente así: muchas relaciones y muy desconsideradas con aquel o aquellos con los que el propio D. Trump no tenga lazos afectivos y de compromiso personal – aunque sea coyuntural - en el momento de la toma de decisiones. Esta combinación augura decisiones arriesgadas a la búsqueda de grandes recompensas futuras sin importar mucho el costo que puedan tener para otros. No obstante, de esta combinación y en función de lo que se espera de un líder político, lo más desconcertante y preocupante sea su extremadamente baja cordialidad, ya que por la naturaleza de las tareas que habrá de realizar en su cargo de presidente de los USA, la alta Extroversión no es una “mala” disposición, pero la baja Cordialidad sí parece que lo es.

En cuanto a los demás rasgos de personalidad de D. Trump destacaremos un nivel relativamente alto de Neuroticismo, evidenciado en una cierta inestabilidad emocional, no muy grave, ya que se muestra como alguien impulsivo, agresivo, irritable y que suele enfadarse con facilidad, si bien en su biografía no se encuentran muestras de ser una persona ansiosa o con tendencia a la depresión ni, por supuesto, atemorizada o miedosa. Tampoco es especialmente elevada su disposición a la Responsabilidad, en el sentido de ser consciente y prudente, pero sí parece tener buena capacidad ejecutiva y elevada motivación para obtener logros a medio plazo. Que no sea muy responsable no significa que sea muy poco responsable, su trayectoria exitosa ha necesitado de un cierto nivel de responsabilidad y, por esta evidencia, consideramos que su nivel de Responsabilidad se ha de considerar medio o relativamente alto. En cuanto a la Apertura a la experiencia, la disposición a la curiosidad intelectual y la flexibilidad mental de aceptar las novedades, podemos decir que D. Trump muestra un nivel bajo, pues aparece como una persona a quien no le interesa mucho la innovación, el arte o los proyectos relacionados con la diversidad y la novedad. No obstante, este rasgo de personalidad de D. Trump queda muy difuminado por la naturaleza de sus valores, creencias e ideas populistas, sexistas y tradicionalistas.

Su forma de actuar en política parece basarse en su estilo de relaciones interpersonales, por tanto muestra preferencia por la negociación directa, personal y ejecutiva que ha utilizado en sus tratos económicos, comerciales o financieros. Es conocido que D. Trump está acostumbrado a llevar él mismo las negociaciones y, por tanto, es posible que continúe así. Es muy probable que participe, ponga y quite a sus negociadores si no le convence cómo hacen las cosas. El personalismo y la voluntad de resolver los temas de forma ejecutiva, con su participación directa, creemos formarán parte de su actuación como líder político independientemente de la naturaleza de los problemas a tratar.

Otro elemento que constituye la personalidad es la identidad, la imagen que cada uno mismo tiene de sí mismo. Generalmente la identidad proviene de una cristalización subjetiva y personal de la propia biografía y afecta también a la forma como cada uno ve el mundo que le rodea y, en consecuencia, afecta a sus decisiones cotidianas. La historia personal de D. Trump parece mostrar una trayectoria con una buena vida personal y familiar, exitosa en el mundo de los negocios. Los biógrafos dicen que D. Trump, quizás por influencias paternas, siempre ha creído que en la vida hay muchos peligros a combatir, que hay que luchar y ser duro para triunfar. D. Trump quería ser el más duro de los chicos de su barrio y también el ganador en su entorno profesional. Este estilo se observa también en su paso por la Academia Militar de New York, en la que estudio durante unos años, y que probablemente consolido esta visión de las cosas. Todo lo que representa lo militar, lucha y triunfo, identifica a D. Trump. Sus biógrafos dicen que su estilo empresarial también encaja en este esquema de competición. Del análisis de sus conferencias y escritos se deduce esta voluntad de ganar, de luchar, de correr riesgos para ganar y, además, casi nunca hay mención para los vencidos, las consecuencias negativas de la lucha y de la resolución drástica de los conflictos. Quizás la mejor imagen identitaria de D. Trump tiene de sí mismo es la de un guerrero vencedor, a pesar de los 70 años que tiene

Muchos psicólogos y psiquiatras que han hecho públicas sus opiniones y comentarios sobre D. Trump coinciden en que es un modelo “casi perfecto” del Narcisismo. Dicen que sólo hay que fijarse en el hecho de que D. Trump pone en sus propiedades su nombre escrito en letras de oro y/o de forma muy destacada. Pero más que fijarnos en la dimensión clínico-patológica del narcisismo de D. Trump podemos considerar que esta característica nos informa, sobre todo, de sus motivaciones. La motivación también forma parte de la personalidad individual, si bien es un elemento más dinámico y pasajero que los propios rasgos, pero también individualiza la forma de ser y comportarse de las personas.

El narcisismo tradicionalmente se asocia a una patología de la personalidad y se sustenta en el mito del joven Narciso. ¿Qué quería Narciso, el joven que se enamoró de su imagen reflejada en el agua? Más que ninguna otra cosa quererse a sí mismo. Pero los narcisistas también desean que los demás les quieran, les admiren, les vean como personas poderosas, bellas y brillantes, tal como ellos se ven a sí mismos. “Soy el rey de…” es la frase que podía firmar reiteradamente D. Trump. Su narcisismo no esconde una historia de necesidades afectivas infantiles no satisfechas, más bien reflejan un deseo insaciable de logros, una ambición enorme y permanente. Querer ser el primero siempre, en todo y reconocido por todos. Desgraciadamente el narcisismo en un gobernante tiene dos caras, una positiva, la que aparece en los planes de realizar muchos y grandes proyectos, pero también una negativa, el alto riesgo de acabar ejecutando conductas poco éticas, egoístas y amorales en el marco de esos planes.  

D. P. McAdams se pregunta ¿Quién es realmente Donald Trump? ¿Qué hay detrás de la máscara? Podemos discernir poco más que a un personaje extrovertido, poco cordial y con el convencimiento de que la mejor guía de actuación es buscar el éxito para sí mismo siguiendo la estrategia del guerrero incansable, poderoso y que al final, siempre consigue la victoria. Un último comentario referente a la personalidad de D. Trump, después de analizar su biografía y modo de ser, siempre nos quedará la duda de si lo que se ha analizado es la “persona” o el “personaje” de Donald Trump, pero la aproximación a la personalidad del actual presidente de los USA que he resumido y comentado, es probable que sea la más verosímil y lo es porque se sustenta, a la vez, en buenas evidencias y en un esquema de análisis de la personalidad que tiene el mayor apoyo científico del momento.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La renovación del concepto de madurez en la Psicología: un avance de vez en cuando

En colaboración con el blog de Roberto Colom (http://robertocolom.blogspot.com.es/2016/12/la-renovacion-del-concepto-de-madurez.html)



Por favor, piense sobre esta pregunta y contéstela:

¿A qué edad mínima se debería autorizar a un joven para que pudiese votar en las próximas elecciones? 

Supongo que no habrá contestado a los 7 o a los 10 años.

Pero no estoy seguro de si su respuesta ha sido a los 18 años (de acuerdo a lo que marca la ley en España) o a los 16 años, como pretenden algunas formaciones políticas, o bien a los 21 años, como parece desprenderse de la generalizada opinión actual sobre la inmadurez de los jóvenes.

La respuesta se basará, posiblemente, en su creencia personal sobre a qué edad un “joven” toma decisiones como un “adulto”. Cuando eso suceda, entonces podrán votar. 

En cualquier caso, no es una respuesta fácil

Imagínese lo fácil que sería si, como pasa con las gaviotas, la madurez fuese acompañada de un cambio en la librea del plumaje. Ese cambio convierte a esas aves de un nada “glamuroso” color parduzco, propio de los individuos inmaduros, a un blanco níveo, combinado con grises y negros nítidos bien definidos de la gaviota adulta. Este cambio sucede tanto en las hembras como en los machos, sin discriminación por razón de sexo.


Qué fácil sería saber si un humano es maduro o inmaduro si, como las gaviotas,  cambiasen el plumaje en unos pocos días o semanas al convertirse en  adultos. Saber cuándo un individuo ya es maduro – especialmente desde un punto de vista social—es muy trascendente. Supone disponer de la respuesta a las siguientes preguntas:

¿Cuál es la edad mínima para…
votar?
comprar y beber alcohol?
tener el carnet de conducir?
decidir si se prefiere convivir con el padre o con la madre?
aceptar o rechazar un tratamiento médico (incluso que implique riesgo vital)?
asociarse a un club de actividades deportivas?
tener relaciones sexuales consentidas?
casarse?
entrar en la educación primaria?

Nuestra sociedad dispone de leyes penales, civiles, sanitarias y comunitarias, así como de numerosos reglamentos – públicos y privados – que fijan una edad determinada en la que un individuo se torna maduro para alguna función. Para cada individuo hay un día y una hora mediante la cual, y como si de arte de magia se tratara, el adolescente deja de ser un ser un joven “inmaduro” para convertirse en un adulto “maduro”: capaz de tomar decisiones, asumir responsabilidades y actuar socialmente al modo que se espera de un adulto. Un individuo al que la sociedad autoriza y considera capaz de comportarse de forma autónoma, responsable y constructiva, para darle ciertas autorizaciones, dotarle de ciertos derechos y responsabilidades.

Un segundo y último esfuerzo imaginativo. Éste, como el anterior, también sobre situaciones reales. Piense en la siguiente situación:

Un grupo de destacados juristas discuten sobre cuál es la edad mínima para poder aplicar la pena de muerte a un adolescente que ha cometido un delito muy grave ante el cual (en este caso la legislación penal de los USA) la ley contempla tan salvaje pena. O, sin ser tan drásticos, esos juristas discuten sobre la pena de cadena perpetua o el confinamiento en aislamiento aplicable a muchachos de 10 ó 14 años. 

Estas discusiones no son “tertulias de café”, sino algo real en el seno de los órganos directores del sistema judicial de los USA que se han sucedido desde hace años. Los juristas tenían visiones distintas, como otros sectores sociales, sobre lo adecuado de aplicar estas penas a ciertas edades.

¿A partir de qué edad se pueden aplicar? 

La respuesta es fácil: cuando el niño, el adolescente o el joven se haya comportado, en el momento de cometerlas, como un adulto. Hasta hace pocos años esta era la orientación de la norma jurídica penal en los USA. 

Naturalmente, los juristas no tenían una respuesta, con base en la evidencia científica, a su pregunta. Por tanto, decidieron recurrir a los expertos en esta materia. Trasladaron su debate a la APA (Asociación de Psicología Americana) y ésta constituyó un grupo de especialistas que redactó un informe técnico para los jueces (un “amicus curiae”) donde contestaban la siguiente pregunta: 

“¿A partir de qué edad, o cuándo, un adolescente toma decisiones como un adulto?”

Se buscaba fijar la edad mínima para la aplicación de las penas antes mencionadas.

Este relato aconteció entre los años 2005 y 2010. Y en ese contexto, de clara demanda de respuestas relevantes para la sociedad, se produjo un “descubrimiento”, una renovación conceptual interesante para Psicología moderna. 

Digo “descubrimiento” porque sin éste la respuesta hubiese sido algo así como la que describo a continuación. 

Los niños y adolescentes normales alcanzan su “madurez” intelectual sobre los 14 años (como mostró J. Piaget en la década de los 50 del siglo pasado), su “identidad adulta” sobre los 16-18 (como describió E. Erickson en torno a los 60 del siglo pasado) y su “desarrollo moral” hacia el final de la adolescencia, también sobre los 16-18 años (como propuso L. Kohlberg en los 70 del siglo pasado). 

Por tanto, la respuesta de la Psicología era, basándose en los estudios de mediados del siglo XX, que los adolescentes toman decisiones como los adultos a partir de los 18 años. Muchas legislaciones penales de distintos países, propias de menores y adolescentes, tienen esta consideración y sitúan la responsabilidad penal limitada entre los 14 y los 18 años. Entre ellas está la española. 


A simple vista, y también si miramos más intensamente, esta respuesta es no solo tradicional, sino también obsoleta. 

¿No se ha avanzado nada en los últimos 50 años en estos campos de la Psicología como para dar una respuesta mas actualizada? 

Naturalmente que sí y los responsables del “amicus curiae”, con Lawrence Steinberg a la cabeza, se encargaron de “redescubrir” el significado de la madurez psicológica y plantear una nueva conceptualización de este constructo clásico de la Psicología del desarrollo, tan importante para la vida social de los individuos en proceso de convertirse en adultos. 

L. Steinberg y su equipo de investigadores, como siempre constituido por numerosos colaboradores de distintas áreas y especialidades – en su caso por psicólogos cognitivos, neurocientíficos, especialistas en desarrollo y medida psicológica, entre otros – revisaron la literatura, construyeron nuevos instrumentos, realizaron experimentos, y otros estudios empíricos, y publicaron varios artículos donde daban a conocer su interpretación de lo que llamaron la “madurez psicosocial”.

Quizás el mejor trabajo es el que publicaron en el American Psychologist. Recomiendo su lectura. Se titula ‘¿Son los adolescentes menos maduros que los adultos?

En ese artículo se proponen tres cosas que presentaré brevemente.

1. La madurez psicológica es un constructo multidimensional complejo. Además de la inteligencia, incluye tres dimensiones del temperamento y la personalidad: impulsividad/búsqueda de sensaciones, independencia/autonomía personal y responsabilidad/consideración del futuro.

2. Cada dimensión tiene su propio curso de desarrollo (crecimiento y estabilidad), es decir, los procesos que conducen a la madurez no son sincrónicos. No hay “una edad de maduración general”: la madurez puede iniciarse a los 12-13 años y finalizar a los 21-23 años, según la dimensión.

3. La madurez psicosocial consiste en la toma de decisiones y ejecución de conductas psicosociales, en las que influyen las disposiciones mencionadas. Esta influencia es conjunta y ponderada según las demandas situacionales.

Para Steinberg y su grupo, los fundamentos básicos de estas disposiciones que constituyen la “madurez psicosocial” tienen que ver, en primer lugar, con los procesos preconfigurados del desarrollo cerebral, de sus estructuras y sus funciones (Steinberg, 2012). 

Los avances en la neurociencia han mostrado los procesos de cambio que sufren las estructuras y funciones cerebrales de los adolescentes, y cómo influyen en su comportamiento y funciones cognitivas, emocionales y propositivas. Gran parte de las investigaciones sobre el “pruning” neuronal y la mielinización de los circuitos que relacionan la corteza prefrontal con el sistema límbico, entre otros, están detrás de esta formulación de la madurez psicosocial de los adolescentes y permiten comprender la dinámica del proceso de su madurez psicológica.

Escribe L. Steinberg (2012):

El cerebro de los adolescentes y adultos emergentes no es tan maduro en cuanto a sus estructuras y funcionamiento como el de un adulto. Esto no significa que sea ‘limitado o defectuoso’, sino que aún está en desarrollo”.

Esta forma de conceptualizar la madurez psicológica ha sido un descubrimiento. 

Primero pensé que esto era así porque no estaba al día de la investigación sobre la madurez psicológica. Creí que el tema ya estaba “cerrado” desde hacía años, pero no me quedé muy tranquilo y busqué un poco más de información al respecto.

Para analizar la actualidad del concepto de “madurez” psicológica revisé distintas fuentes de información: artículos, manuales y tratados universitarios recientes de Psicología del desarrollo (tanto en castellano como en inglés). Y, por último, en un ejercicio propio de un profesor universitario, revisé los programas académicos de distintas asignaturas impartidas por los profesores del “área de conocimiento de Psicología Evolutiva y de la Educación” (invento español donde los haya) en distintas Universidades españolas para encontrar mas información. 

El resultado: la madurez es un concepto “congelado”, atrapado en el pasado de las aportaciones de tres autores clásicos como Jean Piaget, Erik Erickson y L. Kolhberg. La combinación de las aportaciones originales de estos autores – sobre el desarrollo de la inteligencia, el problema de la identidad personal y el desarrollo moral - sostienen la concepción clásica, ahora ya obsoleta, de la madurez psicológica. 

L. Steinberg y su equipo proponen una revisión muy interesante del constructo. La madurez es multidimensional e incluye disposiciones cognitivas, emocionales y motivacionales. Cada una tiene su curso temporal propio e independiente – con un momento etario de estabilidad diferente – que se inicia entre los 10-12 años y finaliza entre los 21-23 años, dependiendo de la dimensión y del individuo

Estas disposiciones afectan conjuntamente a la toma de decisiones y, por tanto, a la conducta social de los adolescentes. Aquí reside la razón sobre por qué los adolescentes tienden a  realizar comportamientos que se suelen calificar de “inmaduros”, en función de un criterio social mas o menos acordado. Pero sus comportamientos realmente dependen de la interacción entre las demandas sociales y el momento del desarrollo de las distintas disposiciones que componen la madurez psicosocial. 

Ya llevo más de 30 años trabajando como profesor de Psicología en la Universidad y, por mi trayectoria, un tanto variada en un mundo marcado por la súper-especialización en la investigación, no había reparado en que sigue habiendo muchos conceptos y atributos genuinamente psicológicos, como en el la madurez, que están realmente anclados en el pasado. 

Creo que este descubrimiento no solo es nuevo para mí.

Tengo la sensación de que es realmente un avance en el conocimiento científico que la Psicología aporta sobre el comportamiento humano de los jóvenes con una gran utilidad social.

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