domingo, 22 de enero de 2017

La personalidad de Donald Trump: pronosticando el futuro.


Existe mucha expectativa y preocupación ante lo que puede hacer Donald Trump como presidente de los USA y no parece necesario justificar esta afirmación. Por el contrario, sí que necesitaremos justificar y fundamentar cualquier pronóstico sobre la conducta futura de este personaje, especialmente si queremos pronosticar sus decisiones futuras en base a su forma de ser, a su personalidad. 

Ya hace muchos meses que D. Trump es objeto de análisis por diversos especialistas. Entre estos destacan, por su frecuencia en los medios de comunicación, psiquiatras que suelen analizar a D. Trump en clave psicopatológica. Muchos de ellos consideran que es el “arquetipo” de una persona afectada por un “Trastorno de Personalidad Narcisista”. Esta categoría de trastorno, por su naturaleza, no pronostica nada bueno. 


Los Trastornos de Personalidad son alteraciones crónicas, prácticamente inmodificables, de la personalidad que tienen consecuencias negativas para las personas afectadas y su entorno inmediato. En cierto sentido estas consecuencias son similares a las que producen los trastornos mentales graves. Por tanto si fuese cierto que D. Trump tiene un trastorno de personalidad de este tipo nada bueno podemos esperar para el interés general. Posiblemente este “diagnóstico" es una generalización excesiva, porque diagnosticar a D. Trump como alguien que sufre un Trastorno de Personalidad en base a las apariencias extremas de su modo de ser, es claramente inadecuado. Utilizar un diagnóstico para pronosticar el futuro de un paciente es útil, porque debido a los efectos del trastorno podemos anticipar que cosas podrán pasar por efecto del trastorno. En este sentido los trastornos de personalidad tienen dos propiedades interesantes para los pronósticos: son muy poco modificables y duraderos

Pero probablemente esta atribución según la cual D. Trump sufre un trastorno de personalidad no sea más que una exageración cometida por analogía. Los psiquiatras – y los periodistas que les siguen – suelen utilizar con frecuencia la taxonomía psiquiátrica para comprender la forma de ser de las personas y personajes que analizan. Eso les lleva a interpretar como patologías lo que muchas veces no son mas que rasgos distintivos de la personalidad. Exageran sus juicios sobre personas como los presidentes de gobierno u otros personajes públicos destacados que, por lo general, no suelen tener enfermedades mentales tan crónicas o graves o, al menos, en los momentos más álgidos de su carrera política como se les atribuye. Posiblemente sea más acertado analizar la personalidad, su idiosincrasia personal, de forma directa y no por analogía a los trastornos mentales. Es decir hacerlo en clave de normalidad psicológica y no psicopatológica.

El mejor predictor futuro de la conducta y del comportamiento de los individuos es la personalidad de los mismos. La Personalidad es el conjunto de disposiciones temperamentales, actitudes y rasgos del carácter que afectan al modo estable y consistente al modo de comportarse – sobre todo socialmente - de las personas.



Pero, ¿sabemos cómo es la personalidad de Donald Trump? La respuesta es ambivalente. Podríamos conocerla bien porque su historia personal, su presencia e importancia pública permiten conocer de él más cosas (biografía, actuaciones, relaciones personales, actitudes, declaraciones públicas, etc..) que de cualquier persona anónima. Sin embargo, muchas de estas informaciones son (o pueden ser) falsas, imprecisas, superficiales o ser atribuciones sesgadas, entre otras cosas y basarse en ellas puede llevar a un análisis erróneo. Por otra parte desconozco si algún especialista – aunque ya hay biografías publicadas, análisis periodísticos, etc.. - lo ha estudiado directa e intencionadamente para hacer un perfil de personalidad de D. Trump. Por tanto, quizás lo que sabemos de él es demasiado superficial, esté falseado y modificado o sea incompleto, pero se conocen muchas cosas. Hacer un “diagnóstico” de la personalidad de un personaje público siempre es arriesgado, pero a la vez excitante y los biógrafos, periodistas e historiadores lo saben bien porque es siempre interesante.

Dan P. McAdams es un psicólogo de la Universidad de Northwestern (Chicago,USA), actualmente el Director del Departamento de Psicología de aquella universidad, y un reconocido especialista en la Psicología de la Personalidad. El pasado mes de Julio redacto un informe, publicado en la revista The Atlantic, en el que hace un análisis de la personalidad de D. Trump que resumiré y comentaré, por su interés, en este post.

En primer lugar el retrato “psicológico” de la personalidad de Donald Trump, para tener validez pronostica, ha de sustentarse en el modelo de rasgos de personalidad mejor contrastado por la Psicología científica moderna. Y así es como lo ha organizado D.P. McAdams en su trabajo citado. Este esquema de rasgos básicos de personalidad incluye un conjunto de cinco elementos distintos que, en combinación, caracterizan la consistencia y la estabilidad conductual de cualquier persona a lo largo de su trayectoria vital y psicológica. 

Estos elementos son las disposiciones temperamentales, las motivaciones y objetivos personales, el auto-concepto y la identidad psicológica, así como las actitudes y las creencias individuales. Estos elementos, precisamente por su estabilidad y consistencia, son poderosos predictores de la conducta futura de las personas. Dice D. P. McAdams, “la personalidad de D. Trump incluye rasgos y disposiciones extremas y esto es infrecuente en las figuras de los anteriores presidentes de los USA, muchas personas que han conocido y tratado a D. Trump dicen que es una persona desconcertante”. Vamos a descomponer esta calificación y describir el perfil de personalidad de D. Trump como si de un proxy se tratase, desde un modelo de personalidad “objetivo y riguroso”, es decir en términos de rasgos de personalidad, motivación e identidad.

Los estudios psicológicos de la personalidad humana nos dicen que la matriz básica de disposiciones y rasgos de personalidad, algo así como el esqueleto psicológico de la individualidad, está formada por 5 grandes elementos que son: la Extroversión (disposición a tener y disfrutar de las relaciones sociales), el Neuroticismo (disposición a la regulación de las emociones), la Apertura a la experiencia (disposición a ser abierto y tolerante con las ideas, las personas, la cultura, los valores, etc..), la Cordialidad (disposición a la humildad, altruismo y la consideración de los demás) y la Responsabilidad (disposición a ser productivo, prudente y ordenado). Estas disposiciones se caracterizan funcionalmente por algunas propiedades, entre las que destacaremos dos: su bipolaridad, cada una de ellas tiene dos polos y así, por ejemplo, la extroversión es un polo y su contrario la introversión, y esto vale para las cinco dimensiones. La otra propiedad es que estas disposiciones, que están presentes en todas las personas, siempre actúan en conjunto, combinadas y a la vez, como respuesta a las demandas situacionales del entorno y del momento.

El perfil de personalidad no es más que la configuración individual de estas cinco disposiciones. Cada configuración de rasgos es como el esqueleto psicológico de la individualidad, está constituido por elementos rígidos, que no cambian mucho con el paso del tiempo, pero a su vez su combinación es única, relativamente flexible y estable para soportar el funcionamiento psicológico de su “portador” a lo largo de toda la vida. Lo más práctico – pero válido - para conocer la personalidad de un individuo es ver en cual o cuales de estas cinco dimensiones destaca y que combinación es la suya, la que identifica su idiosincrasia psicológica.

D. P. McAdams dice, después de analizar mucha documentación fiable y comparando este nuevo presidente con muchos otros expresidentes norteamericanos, que D. Trump refleja una Extroversión elevada o extrema, que aparece combinada con una también extremada baja Cordialidad. Para hacernos una idea de lo que significa esto es útil comparar los rasgos de la personalidad de D. Trump con los de otros presidentes. Así B. Obama parece relativamente más introvertido y también muestra un poco más de Neuroticismo y G.W. Bush es también muy extrovertido y a su vez muestra muy poca Apertura a la experiencia.

Se conoce a D. Trump como alguien siempre inmerso en actividades sociales, muy activo, optimista, pródigo, enérgico, hablador, etc.. solo hay que mirar su actividad frenética con los “tweets” o su energía como protagonista y centro de las reuniones. Asimismo D. Trump es un impenitente buscador de experiencias positivas y placenteras, premios, recompensas y ganancias, parece no tener fin en esta actividad. La Cordialidad de Trump es también igual de extrema que su Extroversión, pero en el sentido contrario, es decir muy, muy baja. Es duro, orgulloso, pretencioso, desconfiado, rudo en el trato, arrogante, deshonesto, faltón y puede ser muy desagradable con los demás. Ambas disposiciones, Extroversión y Cordialidad, tienen que ver con las relaciones sociales y con las personas. La personalidad de D. Trump destaca por reunir, a la vez, dos rasgos extremos en su personalidad y, como no podía ser de otra forma, su biografía está llena de ejemplos que lo confirman. En su biografía destacan la gran variedad e intensidad de sus relaciones sociales, con una constante y elevada desconsideración para aquellos a los que no aprecia, sea por el motivo que sea. Quizás por este segundo rasgo no aparecen en su entorno colaboradores estrechos y cercanos que no sean otros que los miembros de su propia familia.

En clave pronostica, su estilo de interacción social va a ser probablemente así: muchas relaciones y muy desconsideradas con aquel o aquellos con los que el propio D. Trump no tenga lazos afectivos y de compromiso personal – aunque sea coyuntural - en el momento de la toma de decisiones. Esta combinación augura decisiones arriesgadas a la búsqueda de grandes recompensas futuras sin importar mucho el costo que puedan tener para otros. No obstante, de esta combinación y en función de lo que se espera de un líder político, lo más desconcertante y preocupante sea su extremadamente baja cordialidad, ya que por la naturaleza de las tareas que habrá de realizar en su cargo de presidente de los USA, la alta Extroversión no es una “mala” disposición, pero la baja Cordialidad sí parece que lo es.

En cuanto a los demás rasgos de personalidad de D. Trump destacaremos un nivel relativamente alto de Neuroticismo, evidenciado en una cierta inestabilidad emocional, no muy grave, ya que se muestra como alguien impulsivo, agresivo, irritable y que suele enfadarse con facilidad, si bien en su biografía no se encuentran muestras de ser una persona ansiosa o con tendencia a la depresión ni, por supuesto, atemorizada o miedosa. Tampoco es especialmente elevada su disposición a la Responsabilidad, en el sentido de ser consciente y prudente, pero sí parece tener buena capacidad ejecutiva y elevada motivación para obtener logros a medio plazo. Que no sea muy responsable no significa que sea muy poco responsable, su trayectoria exitosa ha necesitado de un cierto nivel de responsabilidad y, por esta evidencia, consideramos que su nivel de Responsabilidad se ha de considerar medio o relativamente alto. En cuanto a la Apertura a la experiencia, la disposición a la curiosidad intelectual y la flexibilidad mental de aceptar las novedades, podemos decir que D. Trump muestra un nivel bajo, pues aparece como una persona a quien no le interesa mucho la innovación, el arte o los proyectos relacionados con la diversidad y la novedad. No obstante, este rasgo de personalidad de D. Trump queda muy difuminado por la naturaleza de sus valores, creencias e ideas populistas, sexistas y tradicionalistas.

Su forma de actuar en política parece basarse en su estilo de relaciones interpersonales, por tanto muestra preferencia por la negociación directa, personal y ejecutiva que ha utilizado en sus tratos económicos, comerciales o financieros. Es conocido que D. Trump está acostumbrado a llevar él mismo las negociaciones y, por tanto, es posible que continúe así. Es muy probable que participe, ponga y quite a sus negociadores si no le convence cómo hacen las cosas. El personalismo y la voluntad de resolver los temas de forma ejecutiva, con su participación directa, creemos formarán parte de su actuación como líder político independientemente de la naturaleza de los problemas a tratar.

Otro elemento que constituye la personalidad es la identidad, la imagen que cada uno mismo tiene de sí mismo. Generalmente la identidad proviene de una cristalización subjetiva y personal de la propia biografía y afecta también a la forma como cada uno ve el mundo que le rodea y, en consecuencia, afecta a sus decisiones cotidianas. La historia personal de D. Trump parece mostrar una trayectoria con una buena vida personal y familiar, exitosa en el mundo de los negocios. Los biógrafos dicen que D. Trump, quizás por influencias paternas, siempre ha creído que en la vida hay muchos peligros a combatir, que hay que luchar y ser duro para triunfar. D. Trump quería ser el más duro de los chicos de su barrio y también el ganador en su entorno profesional. Este estilo se observa también en su paso por la Academia Militar de New York, en la que estudio durante unos años, y que probablemente consolido esta visión de las cosas. Todo lo que representa lo militar, lucha y triunfo, identifica a D. Trump. Sus biógrafos dicen que su estilo empresarial también encaja en este esquema de competición. Del análisis de sus conferencias y escritos se deduce esta voluntad de ganar, de luchar, de correr riesgos para ganar y, además, casi nunca hay mención para los vencidos, las consecuencias negativas de la lucha y de la resolución drástica de los conflictos. Quizás la mejor imagen identitaria de D. Trump tiene de sí mismo es la de un guerrero vencedor, a pesar de los 70 años que tiene

Muchos psicólogos y psiquiatras que han hecho públicas sus opiniones y comentarios sobre D. Trump coinciden en que es un modelo “casi perfecto” del Narcisismo. Dicen que sólo hay que fijarse en el hecho de que D. Trump pone en sus propiedades su nombre escrito en letras de oro y/o de forma muy destacada. Pero más que fijarnos en la dimensión clínico-patológica del narcisismo de D. Trump podemos considerar que esta característica nos informa, sobre todo, de sus motivaciones. La motivación también forma parte de la personalidad individual, si bien es un elemento más dinámico y pasajero que los propios rasgos, pero también individualiza la forma de ser y comportarse de las personas.

El narcisismo tradicionalmente se asocia a una patología de la personalidad y se sustenta en el mito del joven Narciso. ¿Qué quería Narciso, el joven que se enamoró de su imagen reflejada en el agua? Más que ninguna otra cosa quererse a sí mismo. Pero los narcisistas también desean que los demás les quieran, les admiren, les vean como personas poderosas, bellas y brillantes, tal como ellos se ven a sí mismos. “Soy el rey de…” es la frase que podía firmar reiteradamente D. Trump. Su narcisismo no esconde una historia de necesidades afectivas infantiles no satisfechas, más bien reflejan un deseo insaciable de logros, una ambición enorme y permanente. Querer ser el primero siempre, en todo y reconocido por todos. Desgraciadamente el narcisismo en un gobernante tiene dos caras, una positiva, la que aparece en los planes de realizar muchos y grandes proyectos, pero también una negativa, el alto riesgo de acabar ejecutando conductas poco éticas, egoístas y amorales en el marco de esos planes.  

D. P. McAdams se pregunta ¿Quién es realmente Donald Trump? ¿Qué hay detrás de la máscara? Podemos discernir poco más que a un personaje extrovertido, poco cordial y con el convencimiento de que la mejor guía de actuación es buscar el éxito para sí mismo siguiendo la estrategia del guerrero incansable, poderoso y que al final, siempre consigue la victoria. Un último comentario referente a la personalidad de D. Trump, después de analizar su biografía y modo de ser, siempre nos quedará la duda de si lo que se ha analizado es la “persona” o el “personaje” de Donald Trump, pero la aproximación a la personalidad del actual presidente de los USA que he resumido y comentado, es probable que sea la más verosímil y lo es porque se sustenta, a la vez, en buenas evidencias y en un esquema de análisis de la personalidad que tiene el mayor apoyo científico del momento.

sábado, 17 de diciembre de 2016

La renovación del concepto de madurez en la Psicología: un avance de vez en cuando

En colaboración con el blog de Roberto Colom (http://robertocolom.blogspot.com.es/2016/12/la-renovacion-del-concepto-de-madurez.html)



Por favor, piense sobre esta pregunta y contéstela:

¿A qué edad mínima se debería autorizar a un joven para que pudiese votar en las próximas elecciones? 

Supongo que no habrá contestado a los 7 o a los 10 años.

Pero no estoy seguro de si su respuesta ha sido a los 18 años (de acuerdo a lo que marca la ley en España) o a los 16 años, como pretenden algunas formaciones políticas, o bien a los 21 años, como parece desprenderse de la generalizada opinión actual sobre la inmadurez de los jóvenes.

La respuesta se basará, posiblemente, en su creencia personal sobre a qué edad un “joven” toma decisiones como un “adulto”. Cuando eso suceda, entonces podrán votar. 

En cualquier caso, no es una respuesta fácil

Imagínese lo fácil que sería si, como pasa con las gaviotas, la madurez fuese acompañada de un cambio en la librea del plumaje. Ese cambio convierte a esas aves de un nada “glamuroso” color parduzco, propio de los individuos inmaduros, a un blanco níveo, combinado con grises y negros nítidos bien definidos de la gaviota adulta. Este cambio sucede tanto en las hembras como en los machos, sin discriminación por razón de sexo.


Qué fácil sería saber si un humano es maduro o inmaduro si, como las gaviotas,  cambiasen el plumaje en unos pocos días o semanas al convertirse en  adultos. Saber cuándo un individuo ya es maduro – especialmente desde un punto de vista social—es muy trascendente. Supone disponer de la respuesta a las siguientes preguntas:

¿Cuál es la edad mínima para…
votar?
comprar y beber alcohol?
tener el carnet de conducir?
decidir si se prefiere convivir con el padre o con la madre?
aceptar o rechazar un tratamiento médico (incluso que implique riesgo vital)?
asociarse a un club de actividades deportivas?
tener relaciones sexuales consentidas?
casarse?
entrar en la educación primaria?

Nuestra sociedad dispone de leyes penales, civiles, sanitarias y comunitarias, así como de numerosos reglamentos – públicos y privados – que fijan una edad determinada en la que un individuo se torna maduro para alguna función. Para cada individuo hay un día y una hora mediante la cual, y como si de arte de magia se tratara, el adolescente deja de ser un ser un joven “inmaduro” para convertirse en un adulto “maduro”: capaz de tomar decisiones, asumir responsabilidades y actuar socialmente al modo que se espera de un adulto. Un individuo al que la sociedad autoriza y considera capaz de comportarse de forma autónoma, responsable y constructiva, para darle ciertas autorizaciones, dotarle de ciertos derechos y responsabilidades.

Un segundo y último esfuerzo imaginativo. Éste, como el anterior, también sobre situaciones reales. Piense en la siguiente situación:

Un grupo de destacados juristas discuten sobre cuál es la edad mínima para poder aplicar la pena de muerte a un adolescente que ha cometido un delito muy grave ante el cual (en este caso la legislación penal de los USA) la ley contempla tan salvaje pena. O, sin ser tan drásticos, esos juristas discuten sobre la pena de cadena perpetua o el confinamiento en aislamiento aplicable a muchachos de 10 ó 14 años. 

Estas discusiones no son “tertulias de café”, sino algo real en el seno de los órganos directores del sistema judicial de los USA que se han sucedido desde hace años. Los juristas tenían visiones distintas, como otros sectores sociales, sobre lo adecuado de aplicar estas penas a ciertas edades.

¿A partir de qué edad se pueden aplicar? 

La respuesta es fácil: cuando el niño, el adolescente o el joven se haya comportado, en el momento de cometerlas, como un adulto. Hasta hace pocos años esta era la orientación de la norma jurídica penal en los USA. 

Naturalmente, los juristas no tenían una respuesta, con base en la evidencia científica, a su pregunta. Por tanto, decidieron recurrir a los expertos en esta materia. Trasladaron su debate a la APA (Asociación de Psicología Americana) y ésta constituyó un grupo de especialistas que redactó un informe técnico para los jueces (un “amicus curiae”) donde contestaban la siguiente pregunta: 

“¿A partir de qué edad, o cuándo, un adolescente toma decisiones como un adulto?”

Se buscaba fijar la edad mínima para la aplicación de las penas antes mencionadas.

Este relato aconteció entre los años 2005 y 2010. Y en ese contexto, de clara demanda de respuestas relevantes para la sociedad, se produjo un “descubrimiento”, una renovación conceptual interesante para Psicología moderna. 

Digo “descubrimiento” porque sin éste la respuesta hubiese sido algo así como la que describo a continuación. 

Los niños y adolescentes normales alcanzan su “madurez” intelectual sobre los 14 años (como mostró J. Piaget en la década de los 50 del siglo pasado), su “identidad adulta” sobre los 16-18 (como describió E. Erickson en torno a los 60 del siglo pasado) y su “desarrollo moral” hacia el final de la adolescencia, también sobre los 16-18 años (como propuso L. Kohlberg en los 70 del siglo pasado). 

Por tanto, la respuesta de la Psicología era, basándose en los estudios de mediados del siglo XX, que los adolescentes toman decisiones como los adultos a partir de los 18 años. Muchas legislaciones penales de distintos países, propias de menores y adolescentes, tienen esta consideración y sitúan la responsabilidad penal limitada entre los 14 y los 18 años. Entre ellas está la española. 


A simple vista, y también si miramos más intensamente, esta respuesta es no solo tradicional, sino también obsoleta. 

¿No se ha avanzado nada en los últimos 50 años en estos campos de la Psicología como para dar una respuesta mas actualizada? 

Naturalmente que sí y los responsables del “amicus curiae”, con Lawrence Steinberg a la cabeza, se encargaron de “redescubrir” el significado de la madurez psicológica y plantear una nueva conceptualización de este constructo clásico de la Psicología del desarrollo, tan importante para la vida social de los individuos en proceso de convertirse en adultos. 

L. Steinberg y su equipo de investigadores, como siempre constituido por numerosos colaboradores de distintas áreas y especialidades – en su caso por psicólogos cognitivos, neurocientíficos, especialistas en desarrollo y medida psicológica, entre otros – revisaron la literatura, construyeron nuevos instrumentos, realizaron experimentos, y otros estudios empíricos, y publicaron varios artículos donde daban a conocer su interpretación de lo que llamaron la “madurez psicosocial”.

Quizás el mejor trabajo es el que publicaron en el American Psychologist. Recomiendo su lectura. Se titula ‘¿Son los adolescentes menos maduros que los adultos?

En ese artículo se proponen tres cosas que presentaré brevemente.

1. La madurez psicológica es un constructo multidimensional complejo. Además de la inteligencia, incluye tres dimensiones del temperamento y la personalidad: impulsividad/búsqueda de sensaciones, independencia/autonomía personal y responsabilidad/consideración del futuro.

2. Cada dimensión tiene su propio curso de desarrollo (crecimiento y estabilidad), es decir, los procesos que conducen a la madurez no son sincrónicos. No hay “una edad de maduración general”: la madurez puede iniciarse a los 12-13 años y finalizar a los 21-23 años, según la dimensión.

3. La madurez psicosocial consiste en la toma de decisiones y ejecución de conductas psicosociales, en las que influyen las disposiciones mencionadas. Esta influencia es conjunta y ponderada según las demandas situacionales.

Para Steinberg y su grupo, los fundamentos básicos de estas disposiciones que constituyen la “madurez psicosocial” tienen que ver, en primer lugar, con los procesos preconfigurados del desarrollo cerebral, de sus estructuras y sus funciones (Steinberg, 2012). 

Los avances en la neurociencia han mostrado los procesos de cambio que sufren las estructuras y funciones cerebrales de los adolescentes, y cómo influyen en su comportamiento y funciones cognitivas, emocionales y propositivas. Gran parte de las investigaciones sobre el “pruning” neuronal y la mielinización de los circuitos que relacionan la corteza prefrontal con el sistema límbico, entre otros, están detrás de esta formulación de la madurez psicosocial de los adolescentes y permiten comprender la dinámica del proceso de su madurez psicológica.

Escribe L. Steinberg (2012):

El cerebro de los adolescentes y adultos emergentes no es tan maduro en cuanto a sus estructuras y funcionamiento como el de un adulto. Esto no significa que sea ‘limitado o defectuoso’, sino que aún está en desarrollo”.

Esta forma de conceptualizar la madurez psicológica ha sido un descubrimiento. 

Primero pensé que esto era así porque no estaba al día de la investigación sobre la madurez psicológica. Creí que el tema ya estaba “cerrado” desde hacía años, pero no me quedé muy tranquilo y busqué un poco más de información al respecto.

Para analizar la actualidad del concepto de “madurez” psicológica revisé distintas fuentes de información: artículos, manuales y tratados universitarios recientes de Psicología del desarrollo (tanto en castellano como en inglés). Y, por último, en un ejercicio propio de un profesor universitario, revisé los programas académicos de distintas asignaturas impartidas por los profesores del “área de conocimiento de Psicología Evolutiva y de la Educación” (invento español donde los haya) en distintas Universidades españolas para encontrar mas información. 

El resultado: la madurez es un concepto “congelado”, atrapado en el pasado de las aportaciones de tres autores clásicos como Jean Piaget, Erik Erickson y L. Kolhberg. La combinación de las aportaciones originales de estos autores – sobre el desarrollo de la inteligencia, el problema de la identidad personal y el desarrollo moral - sostienen la concepción clásica, ahora ya obsoleta, de la madurez psicológica. 

L. Steinberg y su equipo proponen una revisión muy interesante del constructo. La madurez es multidimensional e incluye disposiciones cognitivas, emocionales y motivacionales. Cada una tiene su curso temporal propio e independiente – con un momento etario de estabilidad diferente – que se inicia entre los 10-12 años y finaliza entre los 21-23 años, dependiendo de la dimensión y del individuo

Estas disposiciones afectan conjuntamente a la toma de decisiones y, por tanto, a la conducta social de los adolescentes. Aquí reside la razón sobre por qué los adolescentes tienden a  realizar comportamientos que se suelen calificar de “inmaduros”, en función de un criterio social mas o menos acordado. Pero sus comportamientos realmente dependen de la interacción entre las demandas sociales y el momento del desarrollo de las distintas disposiciones que componen la madurez psicosocial. 

Ya llevo más de 30 años trabajando como profesor de Psicología en la Universidad y, por mi trayectoria, un tanto variada en un mundo marcado por la súper-especialización en la investigación, no había reparado en que sigue habiendo muchos conceptos y atributos genuinamente psicológicos, como en el la madurez, que están realmente anclados en el pasado. 

Creo que este descubrimiento no solo es nuevo para mí.

Tengo la sensación de que es realmente un avance en el conocimiento científico que la Psicología aporta sobre el comportamiento humano de los jóvenes con una gran utilidad social.

domingo, 16 de octubre de 2016

¿Como hacer de un niño un delincuente?

El otro día tuve la ocasión de ver un video, en youtube, donde el juez Enrique Calatayud explicaba (segun él por enésima vez) el "decálogo" para convertir a un niño en un delincuente.


Básicamente en ese decálogo solo figuran "consejos" que tienen que ver con la forma y estilo con el que los padres educan a sus hijos.

Entre éstos consejos figuran los siguientes (de forma resumida):
                - Dele todo lo que le pida desde que nazca...
                - No le de ninguna educación espiritual...
                - Cuando diga palabrotas, ríaselas ...
                - ..
                - .., y,
                - Póngase siempre de su lado frente a sus profesores, vecinos, etc..

 Repase el vídeo para más detalles.

La conclusión del mismo se la anticipo a modo de "spoiler": la causa de la delincuencia de los menores (y de que continúen cuando sean adultos) es la educación que reciben de sus padres. 


 Pero las cosas son un poco más complicadas y las causas mas complejas. Los padres son importantes, pero no tanto ni el único elemento que determina la carrera delictiva de los niños y adolescentes. La Criminologia del Desarrollo, desde hace bastantes años (Estudio Dunedin, McArthur Foundation, Cambrigde Longitudinal Study, Pittsburg Study...) ha aportado numerosas evidencias que indican que, siendo cierto que los padres y la educación que dan a sus hijos afectan al futuro antinormativo, y en algunos casos violento de sus hijos, eso no significa que no hayan otros factores en ese proceso. Muchos de estos factores, de hecho la mayoría, son en cierto modo ajenos a la capacidad de actuación de los padres. Estos "otros" factores determinan que la trayectoria de un niño antisocial acabe siendo la de un joven delincuente.

 ¿Qué factores son ésos?, los resume otro juez, el Juez de menores A. Becroft que ejerce en nuestras antípodas (no es una broma epistemológica), un juez de menores de Nueva Zelanda. Este juez expone en un documento un poco mas extenso que los 10' del video, numerosas evidencias de qué factores (personales, sociales, educativos, familiares, judiciales, etc...) han demostrado tener efectos significativos en el desarrollo de las carreras delictivas.


Incluyo algunos de los "pasos" que describe Becroft en su informe:

              - Deje a las familias en riesgo a su propia suerte...
              - Rebaje la edad de la responsabilidad penal tanto como pueda...
              - Criminalice los "recursos y servicios sociales" ...
              - Trate a todos los jóvenes infractores de la misma manera ....
              -...
              -...

 Estos factores, que desgrana el juez Becroft, son una compilación de lo que la investigación criminológica ha demostrado siguiendo la metodología de la "práctica basada en la evidencia". Qué factores dañan y facilitan la reincidencia delictiva de los menores (y por tanto cronifican sus trayectorias delictivas). No son una letanía de creencias y mitos acerca de la educación y la familia que corren entre tertulianos y charlas de café.

 Si queremos intervenir con eficacia para resolver los problemas de la conducta antisocial y violenta de los menores y evitar que se cronifiquen sus carreras delictivas, las cosas que aprendemos de los chistes, las tertulias y, también, de segun que libros  - algunos escritos en la primera mitad del siglo XX - no son de gran utilidad, de hecho incluso pueden ser iatrogénicos. A los expertos se los contrata para resolver problemas, y el de la conducta antinormativa de los menores y jóvenes lo es, porque tienen conocimientos, habilidades y competencias basadas en el avance del conocimiento y su honesta actuación profesional. No se que preferir, "consejos" o "evidencias".

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