La personalidad de los líderes políticos: ¿hasta qué punto explican realmente sus decisiones?

Cada vez que se produce una crisis política o unas decisiones trascendentes en un gobierno, reaparece una idea muy extendida: justificar la conducta de los dirigentes recurriendo a diagnósticos psiquiátricos y/o sus rasgos de personalidad. Hace apenas unos días, a raíz de la grave crisis vivida en Ceuta con la llegada masiva – prácticamente un asalto – de ciudadanos desde Marruecos, Santiago Abascal calificó públicamente a Pedro Sánchez de “psicópata”. No es la primera vez que el debate político incorpora términos propios de la psiquiatría para descalificar al adversario. Psicópata, narcisista, paranoico, demente, loco… Son palabras que con demasiada frecuencia se importan del ámbito clínico para convertirse en calificativos psicológicos usados como armas retóricas, o algo mas. El fenómeno no es nuevo. 

Durante casi diez años Donald Trump ha sido, probablemente, el dirigente político sobre el que más diagnósticos psicológicos y psiquiátricos se han realizado desde los medios de comunicación. Se le ha atribuido un trastorno narcisista de la personalidad, rasgos psicopáticos, deterioro cognitivo, demencia e incluso otros trastornos mentales graves. Buena parte de estos juicios se han emitido sin una evaluación clínica directa y, en ocasiones, con una finalidad explicativa por lo raro o extraño de sus decisiones y comportamientos públicos (a veces también los privados).


Pero, dejando a un lado la discusión sobre la precisión y validez de los diagnósticos, existe una cuestión mucho más interesante. ¿Hasta qué punto la personalidad de un líder político explica realmente las decisiones que acaba tomando cuando gobierna? Esta pregunta se repite una y otra vez cuando se analiza, sobre todo, a los líderes autoritarios. Hicimos en el Palau Macaya (Fundacio La Caixa) una jornada dedicada a la personalidad de los lideres autoritarios (video de la sesión).




La personalidad de los lideres políticos importa, sin duda. Influye en la forma de interpretar los problemas, en la manera de negociar, en la tolerancia al riesgo, en el trato hacia aliados y adversarios, en la necesidad de reconocimiento o en la facilidad para asumir decisiones impopulares. Todo ello configura el estilo con el que una persona ejerce el poder, aunque muchas veces ese estilo ya se podía observar en la adolescencia, la juventud o la biografía del político. En este sentido, Donald Trump ha mostrado una notable coherencia. Quien compare al candidato de 2016 con el presidente actual encontrará muchas diferencias en el escenario político, pero relativamente pocas en su forma de relacionarse con los demás, de afrontar los conflictos o de entender el liderazgo.


Sin embargo, frecuentemente se cree que las decisiones políticas son una consecuencia directa de la personalidad del dirigente. No lo son. Entre la personalidad y las decisiones existe siempre un conjunto de filtros que rara vez reciben la atención que merecen. Ningún presidente gobierna solo. Sus decisiones pasan por asesores, ministros, altos funcionarios, jueces, parlamentos, partidos políticos, organismos de control y, en último término, por las personas encargadas de ejecutarlas. La calidad y autonomía de los asesores, la resistencia de la burocracia, el control parlamentario, los límites impuestos por los tribunales, la disciplina del partido, la presión de los medios de comunicación, la fortaleza de la sociedad civil o el grado de lealtad de quienes ocupan los principales puestos de la administración pueden modificar profundamente el resultado final.

D. Trump 2016 
Quizá por eso la comparación entre las dos presidencias de Donald Trump resulta tan ilustrativa desde la psicología. El hombre parece esencialmente el mismo. Lo que ha cambiado es el contexto en el que ejerce el poder. Durante su primer mandato llegó a Washington con una administración poco preparada, colaboradores procedentes de ámbitos muy diversos y numerosas resistencias internas. Muchos de sus principales colaboradores no habían sido elegidos exclusivamente por afinidad personal o ideológica, sino también por las urgencias propias de una transición presidencial y por los equilibrios políticos del momento (arriba imagen de Trump en 2016 y abajo en 2026). 
D. Trump, 2026

En cambio, durante estos años Trump ha ido configurando un entorno muy diferente. Buena parte de las personas que hoy ocupan los puestos de mayor responsabilidad han sido seleccionadas precisamente por su identificación con su proyecto, por su lealtad personal y por una forma de entender el liderazgo muy próxima a la suya. No sólo ejecutan sus decisiones, sino que con frecuencia las apoyan, las justifican y las refuerzan. En consecuencia, las decisiones que nacen del mismo estilo personal encuentran ahora menos resistencia interna, son cuestionadas con menor frecuencia y tienen mayores posibilidades de ejecutarse tal y como fueron concebidas. Paradójicamente, el propio entorno institucional ha terminado convirtiéndose, al menos en parte, en una prolongación de la personalidad del líder.

Este fenómeno no es exclusivo de Donald Trump. Se pudo observar claramente en el ultimo gobierno de A. Hitler antes de su derrota militar. Los estudios sobre liderazgo muestran que quienes ocupan posiciones de gran poder tienden a rodearse de personas que comparten sus creencias, refuerzan sus decisiones y reducen la discrepancia interna. Cuando ese proceso se intensifica —especialmente en liderazgos muy personalistas o autoritarios— aparece un círculo de retroalimentación potente. La personalidad del líder influye en la selección de sus colaboradores y esos colaboradores, a su vez, terminan amplificando la expresión de esa misma personalidad en las decisiones políticas. Dicho de otro modo, el contexto deja de ser únicamente un freno o un facilitador y pasa a convertirse, en parte, en un producto del propio líder.
Esta perspectiva también ayuda a poner en contexto el debate sobre la salud mental de los líderes políticos. Incluso si un dirigente padeciera un trastorno de personalidad o un trastorno mental grave correctamente diagnosticado —algo que nunca debería afirmarse sin una evaluación clínica rigurosa—, ese diagnóstico seguiría siendo insuficiente para comprender sus decisiones. Los trastornos mentales no gobiernan los países. Gobiernan las personas, y sus decisiones siempre son el resultado de la interacción entre sus características psicológicas y el sistema institucional en el que actúan. Un mismo perfil psicológico puede producir consecuencias políticas muy distintas según los controles, los contrapesos y las personas que rodean al líder.

Después de casi diez años analizando a Donald Trump, quizá esa sea la principal enseñanza que deja este extraordinario experimento político y psicológico. La cuestión nunca ha sido únicamente cómo es Trump. La cuestión verdaderamente importante es comprender cómo una determinada forma de ser puede amplificarse, moderarse o incluso quedar contenida por las instituciones democráticas. La personalidad influye en las decisiones, pero nunca actúa sola. Entre el carácter de un líder y las consecuencias de sus actos siempre existe un entramado de personas e instituciones que puede convertir una misma forma de ser en resultados muy diferentes. Tal vez ahí resida una de las lecciones más importantes que la psicología puede aportar hoy al análisis del liderazgo político.