Menos feminicidios, pero más difíciles de prevenir: una lectura criminológica

 La evolución reciente del feminicidio de pareja en España muestra una tendencia descendente clara, como puede apreciarse en la serie anual de la última década, donde la pendiente general es negativa a pesar de la variabilidad interanual. Si ampliamos la mirada y analizamos la serie completa desde 2003, el promedio interanual pasa de 65 casos en el periodo 2003–2014 a 52,4 en 2014–2025, lo que supone una reducción cercana al 20%. Este dato permite una lectura relativamente robusta: no estamos ante una oscilación coyuntural, sino ante un cambio de nivel en el fenómeno.

Sin embargo, esta interpretación exige matizar al menos tres planos: el estadístico, el demográfico y el criminológico-operativo. Desde el punto de vista descriptivo, la reducción es consistente y difícilmente atribuible al azar si consideramos la estabilidad relativa de la serie. 

Pero si introducimos el factor demográfico, la lectura cambia de forma relevante. Entre 2003 y 2025 la población en España no solo ha crecido, sino que ha cambiado su estructura, con transformaciones en la edad, el peso de la población extranjera y los modelos de convivencia. Esto implica que la tasa real de feminicidio —el riesgo por población expuesta— ha disminuido probablemente más de lo que reflejan los datos absolutos. El denominador ha aumentado mientras el numerador desciende, lo que sugiere una mejora más intensa en términos de riesgo relativo.

En este contexto, no es extraño que episodios recientes generen alarma social. El inicio de 2025 ha venido marcado por un número elevado de casos en un periodo muy corto de tiempo —14 mujeres y tres menores asesinados en los tres primeros meses del año— lo que ha reactivado la percepción de un posible repunte de la violencia letal. Sin embargo, este tipo de concentraciones temporales, aunque impactantes, no implican necesariamente un empeoramiento estructural del fenómeno. En series de baja frecuencia como esta, la acumulación de casos en ventanas temporales breves puede responder a variabilidad estadística o a dinámicas específicas (por ejemplo, contextos de ruptura), sin alterar la tendencia global. Confundir estos “picos” con cambios de tendencia es un error relativamente frecuente en la interpretación pública de la violencia.

Desde un punto de vista criminológico, esta evolución apunta a varios procesos concurrentes. 

1.- En primer lugar, los efectos acumulativos de la institucionalización del problema: la consolidación progresiva de sistemas especializados tras la Ley Orgánica 1/2004, el desarrollo de protocolos policiales y judiciales y la implantación de sistemas de valoración del riesgo como VioGén han contribuido a mejorar la detección y, especialmente, la gestión del riesgo en casos conocidos. 

2.- En segundo lugar, se observa una mejora en la gestión del riesgo letal cuando el caso ya está dentro del sistema, lo que sugiere que las intervenciones funcionan razonablemente bien en la fase secundaria. 

3.- En tercer lugar, los cambios socioculturales —mayor visibilización, menor tolerancia, mayor activación institucional— han generado efectos lentos pero sostenidos compatibles con la tendencia descendente.

Ahora bien, estos avances conviven con límites estructurales. El mantenimiento de una cifra estable en torno a 50 casos anuales (¿puede existir un núclo duro y resistente a la intevención preventiva?) durante más de una década indica la existencia de un conjunto de casos menos sensibles a las intervenciones convencionales. Estos casos se asocian de forma consistente a dinámicas de control coercitivo, situaciones de ruptura o postruptura y trayectorias de escalada rápida. 

Además, una proporción muy relevante de feminicidios sigue produciéndose sin denuncia previa, lo que sitúa una parte sustancial del riesgo fuera del alcance de los sistemas formales de valoración y gestión. Es plausible, además, que parte de la reducción inicial estuviera vinculada a la introducción de recursos institucionales, mientras que el estancamiento posterior refleje un cierto techo de eficacia en ausencia de cambios en los modelos de detección.

En este contexto, algunas interpretaciones recientes han planteado que los feminicidios son cada vez más violentos o más “crueles”. Sin embargo, esta conclusión no parece suficientemente sólida. La crueldad no es una variable estandarizada ni comparable en las series oficiales, y la mayor visibilidad mediática de los casos más extremos puede generar una percepción de aumento que no necesariamente refleja un cambio real. Además, en fenómenos de baja frecuencia, pequeñas variaciones pueden interpretarse erróneamente como tendencias estructurales.



Existe, en cambio, una explicación alternativa más consistente. La reducción global del feminicidio no implica una disminución homogénea en todos los tipos de casos. Es plausible que los casos más detectables hayan disminuido en mayor medida, mientras que persisten aquellos vinculados a dinámicas más complejas. En este sentido, más que un aumento de la crueldad, lo que podría estar produciéndose es una reconfiguración del fenómeno: el peso relativo de los casos más difíciles de detectar aumenta dentro de un volumen total menor. No es que haya más violencia en términos absolutos, sino que los casos que permanecen tienden a ser más resistentes, más dinámicos y, en ocasiones, más expresivos en su desenlace.

Este punto conecta con avances recientes en la valoración del riesgo. Nuevos modelos, incluidos los basados en aprendizaje automático, muestran que la predicción mejora cuando se incorporan dimensiones no físicas del abuso —emocional, económico, digital— junto a los indicadores tradicionales . Esto refuerza la idea de que la violencia letal no es solo el resultado de una acumulación de agresiones físicas, sino el desenlace de trayectorias complejas de control, deterioro relacional y escalada.

Desde esta perspectiva, el reto no es únicamente mejorar la precisión de las herramientas, sino cambiar y/o ampliar el enfoque. Avanzar hacia modelos multidimensionales, incorporar una lógica dinámica del riesgo y mejorar la detección en contextos no denunciados son elementos clave. En este punto, marcos centrados en la progresión del riesgo, como los derivados del análisis de trayectorias de violencia dirigida, ofrecen una vía prometedora al desplazar el foco desde los factores estáticos hacia los procesos de escalada.


En síntesis, la tendencia descendente del feminicidio en España es un dato sólido y relevante, probablemente más intenso si se ajusta por factores demográficos. Pero el problema no ha desaparecido; se ha transformado. El riesgo se ha concentrado, se ha vuelto más dinámico y, en parte, menos visible. Por ello, el desafío actual no es solo seguir reduciendo el número de casos, sino comprender mejor cómo se configuran y evolucionan las trayectorias de alto riesgo que escapan a los sistemas tradicionales. 

Porque, en estos casos, la clave no es solo identificar quién está en riesgo, sino anticipar cuándo ese riesgo cambia, aumenta y se hace quasi inmediato. Por ahora no es nada fácil conseguir este objetivo.