¿AUMENTA O DISMINUYE LA VIOLENCIA EN NUESTRO ENTORNO?

UNA PARADOJA ENTRE LA PERCEPCIÓN Y LA REALIDAD DE LA VIOLENCIA


¿Aumenta la violencia? Cada día esta pregunta es más repetida. Con diferentes formatos se formula en los medios de comunicación, en los debates políticos, en las tertulias, en la calle, etc. Parece que la respuesta es clara: aumenta cada día. Pero ¿es así? Quiero dedicar este post a este problema. La razón es bien sencilla, a mí también me preocupa. Pero tengo una razón de peso más importante. En 2012 publiqué un artículo que realizaba un pronóstico sobre este particular. El artículo se titulaba "Presente y futuro de la violencia interpersonal en las postrimerías del estado del bienestar" y formulamos un pronóstico a 15 años vista, así que ya es hora de ver qué tan acertados eran los pronósticos.



Vamos al grano y en un tono personal. ¿Crees que la violencia interpersonal en España ha aumentado o disminuido en los últimos 30 años? ¿Qué responderías? Si eres como el 92% de los españoles, dirías: "Ha aumentado, sin duda". Lo siento, creo que estarías equivocado. No porque estés poco informado, sino porque vivimos en la mayor divergencia documentada entre evidencia empírica y percepción pública en estos fenómenos. Creemos cosas, leemos, escuchamos, etc. sobre crímenes, delitos, hechos violentos, en contextos de análisis de la inmigración, de las políticas públicas, de las tertulias y de las redes sociales que nos hacen pensar en que todo va peor, y esta creencia no es distinta en el caso de la violencia. Voy a mostrar por qué esta divergencia importa, qué nos dice sobre cómo pensamos, y por qué reducirla puede salvar vidas.

Los números que no vemos

Empecemos por los datos que raramente aparecen en portada. En España, entre 1995 y 2024, la violencia letal medida en homicidios ha descendido un 65%, la violencia de pareja grave ha caído un 59%, y el abuso infantil físico se ha reducido en un 60%. Para ponerlo en términos de riesgo personal, hemos pasado de que 1 de cada 625 personas fuera víctima de violencia grave a que ahora lo sea 1 de cada 2.090. Traducido a personas reales, esto significa que aproximadamente 42.000 casos graves de violencia se evitan cada año gracias a tres décadas de políticas públicas preventivas – judiciales, sanitarias, educativas, sociales - basadas en la evidencia. Son 42.000 personas, cada año, que no sufren lo que habrían sufrido hace 30 años. ¿Por qué no es esto noticia de portada? Dice Blanco (2023) “Los datos nos vacunan contra nuestros prejuicios y nos protegen de nuestros propios sesgos”.

Una visión colectiva distorsionada.

Existe una divergencia importante entre lo que creemos y lo que sabemos sobre la violencia interpersonal. Debería ser suficiente que los datos de prevalencia registrados desde diversas fuentes de información (policial, judicial, sociológica, etc.) nos indiquen que las cosas van mucho mejor, pero no es así. Hace falta añadir tres perspectivas complementarias que se deben integrar para analizar adecuadamente lo que pasa y crearnos una imagen realista, más objetiva y menos sesgada de la violencia.


Hans Rosling, en su libro Factfulness (2018), demostró que sistemáticamente percibimos el mundo peor de lo que es debido a nuestras disposiciones y mecanismos mentales, lo que conocemos como sesgos cognitivos, según nos propuso D. Kahneman en su famoso libro “Pensar rápido, pensar despacio”. 

En el ámbito de la violencia, tres de estos sesgos son especialmente activos. El sesgo de negatividad hace que un solo caso de violencia genere 50 titulares durante una semana, mientras que los 42.000 casos evitados no generan ningún titular. Naturalmente, registramos lo que aparece en los medios, lo negativo que está presente, pero no lo que no aparece y, por tanto, es invisible. El miedo produce que un tiroteo masivo en los EE. UU., con una probabilidad muy baja de 0,0002%, genere pánico nacional, mientras que una accidente en el hogar, con una probabilidad mil veces mayor, del 0,2%, nos resulta indiferente. Sobrestimamos lo dramático y subestimamos lo cotidiano. El tercer sesgo, el de generalización, nos lleva a afirmar que "la violencia aumenta" como categoría global, cuando la realidad es que los homicidios y la violencia letal ha descendido un 65%, la violencia doméstica un 59%, la violencia doméstica e institucional contra personas mayores y ancianos, ha aumentado un 15%, y en otros tipos la tendencia es incierta por no tener registros claros. No existe la/una “violencia”, a estos efectos, existen “violencias” con prevalencias distintas y dinámicas también diferentes.


Kiko Llaneras en su libro “Piensa Claro” (2022) nos enseña que pensar bien requiere disciplina y allí propone sus 8 reglas básicas.

Una de ellas es el simple hecho de atender a los valores proporcionales y no a los absolutos. Es la regla de la tasa base o efecto denominador. Aplicado a la violencia, la regla de la tasa base nos recuerda que cuando vemos un caso de violencia en las noticias, debemos recordar que, de cada 2.090 personas (hoy en España), 2.089 no serán víctimas de violencia grave este año. El caso individual no cambia la tasa base. El llamado efecto denominador es especialmente importante. Cuando leemos que ha habido un "280% de aumento en violencia filio-parental", la pregunta obligatoria es: ¿de cuántos casos hablamos? La respuesta es que hemos pasado de 500 casos a 1.400 en una población de 10,5 millones de familias. La prevalencia real es del 0,013%, lo que constituye un artefacto de detección, no una epidemia. Por último, debemos recordar que correlación no implica causalidad. Los videojuegos violentos han aumentado un 500% entre 1990 y 2020, mientras que la violencia juvenil real ha descendido un 40% en el mismo período. La conclusión es que la explicación “unicausal” y simple es casi siempre errónea.

La evidencia criminológica: lo que los datos realmente muestran

Además, no todos los datos tienen la misma capacidad de darnos información válida. Partimos de la base que la mayor parte de los fenómenos violentos son de gravedad media o baja, que los de alta gravedad son menos prevalentes. Pero, además sabemos que la existencia de una enorme “cifra oculta” de fenómenos violentos (a veces de más del 80%) es mucho más importante en los hechos violentos de gravedad baja o media que la alta, por lo que no todos los “datos registrados” nos sirven de indicadores estimativos de la realidad por igual. En Criminología es habitual tener datos de fuentes oficiales (denuncias y detenciones policiales, causas tramitadas en fiscalía, etc.), de encuestas de victimización (auto-ínformes o autodeclaraciones) y de otras fuentes diversas. No siempre la prensa delimita cuál es su fuente de información, si bien la mayoría de las veces proviene de fuentes oficiales. Cuando distinguimos entre fuentes de información, emerge un patrón de evolución y cambio de la violencia que es muy claro y que se refleja en la siguiente tabla.

La paradoja se resuelve cuando entendemos que la violencia real desciende según los autoinformes, mientras las denuncias aumentan debido a una mejor detección, y la percepción se dispara por la amplificación mediática. Le llamamos la La paradoja de la visibilización: cuando el progreso parece retroceso.

En mi artículo de 2012, hice un pronóstico que ahora se confirma con bastante precisión, decía: "….asistiremos a un aumento de las denuncias y de la visualización de problemas que nos producirá el efecto engañoso de creer que la violencia de género aumenta cuando, en realidad, disminuye….". Esto es lo que denomino la Paradoja de la Visibilización y es común en los casos de prevención de epidemias. Cuando se identifica un problema oculto y se busca, su prevalencia inmediatamente aumenta. El mecanismo básico de la paradoja funciona de la siguiente manera. Una mayor conciencia social conduce a una menor tolerancia a la violencia, lo que a su vez genera más denuncias. Este incremento de denuncias mejora la detección, produciendo más registros oficiales. Los medios de comunicación amplifican este aparente "aumento", y la percepción ciudadana concluye que "la violencia explota". Sin embargo, la realidad es que, simultáneamente, la violencia desciende porque la intervención, aunque sea con un efecto débil, reduce los hechos de la violencia (por ejemplo, porque evitan la reiteración que en diversos tipos de violencia es muy frecuente). Es un círculo perverso donde nuestro éxito colectivo, expresado en menos tolerancia y más denuncia, crea la ilusión de fracaso en forma de un aparente aumento.

No toda violencia desciende y por eso es importante desagregar. La honestidad intelectual exige precisión. Cuando desagregamos por tipos de violencia, obtenemos el panorama que se presenta en la siguiente tabla:

*Probable artefacto de detección, no aumento real. Requiere estudios longitudinales con autoinformes.

El mensaje clave es que no podemos hablar de "la violencia" como categoría única y homogénea, ya que es muy heterogénea (a pesar de que sus consecuencias son similares). Cada tipo requiere análisis específico, políticas diferenciadas y comunicación precisa.

¿Qué hemos aprendido?

Tres décadas de descensos importantes nos enseñan qué políticas salvan vidas. La evidencia robusta indica que funciona la detección temprana y los servicios integrales: en Reino Unido, la violencia doméstica descendió un 59% cuando se implementaron servicios 24/7. La clave está en la infraestructura persistente, no en las campañas puntuales. También funciona el cambio cultural hacia la tolerancia cero: la prohibición del castigo físico infantil ha pasado de 7 países en el año 2000 a 63 países en 2020, y esto correlaciona con un descenso del 60% en el abuso infantil. La educación universal y el desarrollo social son igualmente efectivos, ya que el modelo ecológico de la OMS confirma que los factores individuales interactúan con los sociales, y las políticas multinivel son más efectivas que las intervenciones únicas. Finalmente, las políticas basadas en evidencia, no en el pánico, muestran resultados. Así España es el tercer país de Europa con menos delincuencia en un contexto de aplicación sostenida de estrategias de prevención.

Por el contrario, la evidencia demuestra que no funciona el endurecimiento penal reactivo. La población reclusa en España aumentó un 15% entre 2000 y 2022, mientras que la delincuencia descendió un 8% en el mismo período; más prisión no equivale a menos delito. Tampoco funcionan las políticas basadas en análisis unicausales: "más policía" sin servicios sociales tiene una efectividad limitada, y "más cárcel", sin rehabilitación, genera el efecto de “puerta giratoria”. Igualmente, de inefectivas son las respuestas basadas en casos mediáticos, ya que la legislación reactiva tras sucesos o incidentes extremos es frecuentemente inefectiva, como demuestran las leyes post-tragedia sin base empírica.

¿Por qué esta distorsión importa hoy más que nunca?

Podríamos pensar que no importa si la gente se equivoca, que si creen que hay más violencia quizá denuncian más y eso es bueno. Pero esto es un error. Esta discordancia tiene tres consecuencias peligrosas.

La primera es el desperdicio de recursos. Cuando basamos políticas en percepciones en vez de en evidencias, sobre-invertimos en respuestas punitivas (la prisión aumentó un 15% con efecto marginal) y sub-invertimos en prevención (que tiene un retorno de inversión de 1:7, pero recibe solo el 15% del presupuesto).

La segunda consecuencia es la erosión de la cohesión social. Si el 92% de la población cree vivir en una sociedad cada vez más violenta, la desconfianza interpersonal aumenta, el apoyo a políticas represivas se dispara, y el miedo a "el otro" se normaliza.

La tercera es la invisibilización del éxito de la prevención. Las 42.000 vidas no dañadas anualmente son invisibles porque no sabemos qué funcionó específicamente, no podemos replicar lo que no vemos, y no generamos apoyo político para continuar.

 La conclusión es clara: la brecha entre percepción y realidad no es curiosidad académica, es un problema de salud pública.

Mirando al futuro: probabilidades, no certezas.

En 2012 hice pronósticos sobre violencia con un horizonte 2027-2032. Ahora, en 2026, ya puedo actualizar estas previsiones con diferentes niveles de confianza. Con un buen nivel de confianza, podemos afirmar que la violencia letal continuará descendiendo, que la tolerancia social seguirá reduciéndose y que los sistemas de detección mejorarán. Con un nivel de confianza media, prevemos que la violencia de pareja grave seguirá bajando, aunque con fluctuaciones por las crisis, que el abuso infantil físico continuará su descenso de forma más lenta y que las denuncias seguirán aumentando por la visibilización. Con mucha más incertidumbre, se encuentran la tendencia de la violencia contra ancianos, que permanece poco clara, y las nuevas formas digitales de violencia que son emergentes, y que están por determinar.

Entre los factores de riesgo que podrían revertir estas tendencias se encuentran una crisis económica severa y prolongada, los recortes drásticos en servicios sociales, las políticas punitivas que sustituyan a la prevención, la erosión de las normas de tolerancia cero y las tendencias políticas que legitiman el uso de la violencia como medio de solucionar problemas sociales (punitivismo, populismo y radicalismos religiosos e ideológicos). La probabilidad de que la tendencia descendente de la violencia interpersonal continúe globalmente es más o menos patente, pero puede variar de forma relevante. Si viramos hacia políticas basadas en el pánico moral y el populismo punitivo, podríamos revertir décadas de progreso que, en este ámbito se han basado en las estrategias de prevención basadas en la evidencia, no en las ideologías.

No necesitas ser criminólogo para aplicar un pensamiento claro sobre la violencia. Hay tres acciones concretas que cualquiera puede realizar. Cuando veas una noticia de violencia en la prensa, pregúntate: ¿de cuántos casos hablamos?, es decir, cuál es el denominador; ¿comparado con cuándo?, para tener contexto temporal; ¿qué tipo de violencia específicamente?, para poder desagregar; y ¿es tendencia o fluctuación?, considerando la serie temporal. Resiste a tus prejuicios y sesgos, lo que no es fácil. Evita pensar que un caso terrible implica que la violencia aumenta, lo cual es una generalización indebida; en su lugar, reconoce que para verificar que un caso terrible es una tendencia requiere datos sistemáticos, no solo la anécdota. Evita pensar que lo impresionante (True Crime) es frecuente y cotidiano, cayendo en el sesgo de disponibilidad; más bien, reconoce que lo anecdótico es excepcional, y por eso es noticia.

Exige evidencia en las políticas públicas. Cuando un político propone "mano dura" tras un caso mediático, nos hemos de preguntar: ¿qué evidencia empírica apoya esta medida?, ¿ha funcionado en otros contextos?, y ¿cuál es el coste de oportunidad, es decir, ¿qué dejamos de financiar? Tu voto es una herramienta de salud pública. Úsala con rigor, no por “impulso”.

El título de este blog, "Violencia: las personas son la clave", cobra especial sentido con este análisis. Las personas somos la clave por triplicado. Como víctimas potenciales, 42.000 personas menos sufren violencia grave cada año. Esto no es estadística abstracta. Son madres, hijos, abuelos, vecinos. Personas reales con vidas transformadas. Como agentes de cambio, el descenso histórico no fue inevitable. Fue resultado de miles de profesionales (policías, trabajadores sociales, psicólogos, educadores, legisladores) aplicando conocimiento acumulado con persistencia. Como pensadores, cada uno de nosotros puede elegir entre pensar desde los prejuicios o desde la evidencia científica, entre amplificar el miedo o contextualizar con datos, entre generalizar o desagregar.

Cuando decidimos educar en vez de castigar reactivamente, prevenir en vez de solo reprimir, medir con rigor en vez de asumir, y persistir décadas en vez de claudicar ante el primer obstáculo, la violencia desciende. No desaparece, lo cual sería una utopía ingenua, pero desciende dramáticamente, lo cual es realismo basado en evidencia. Esa es la diferencia entre el mundo de 1995 y el de 2024. Y puede ser la diferencia entre el mundo de 2024 y el de 2054. Pero solo si vemos el progreso, entendemos sus mecanismos y resistimos el canto de sirena del pánico moral.

La violencia desciende cuando las personas decidimos que debe descender, y aplicamos sistemáticamente lo que sabemos que funciona. Es un mensaje profundamente esperanzador: tenemos agencia, el progreso es posible, la evidencia importa.

© 2026 Antonio Andrés-Pueyo | Violencia: las personas son la clave