El fuego: la primera arma de destrucción masiva


Cada verano contemplamos las mismas imágenes: miles de hectáreas calcinadas, pueblos evacuados, viviendas destruidas y un paisaje reducido a cenizas. Ante esta gran calamidad nos quedamos abrumados y asustados. Hablamos del cambio climático, de la sequía, del viento o de la gestión forestal. 

También se suele plantear un tema más incómodo que son las causas humanas directas de los incendios, que el código penal incluye. Seguimos interpretando los incendios casi exclusivamente como un problema ambiental, pero también tienen una faceta criminal y delictiva. Son una forma de violencia social grave y conviene analizarla desde esta perspectiva sobre todo para considerar nuevos recursos preventivos.


En una de las escenas más memorables de la famosa película 2001: Una odisea del espacio, Stanley Kubrick imagina el nacimiento de la tecnología humana. Al inicio de la película un primate descubre que un hueso puede utilizarse como arma. Lo levanta, golpea con él y, en uno de los cortes más famosos de la historia del cine, ese hueso se transforma en una nave espacial. En apenas unos segundos, Kubrick resume millones de años de evolución tecnológica. 

Sin embargo, si hubiera que elegir la primera tecnología que realmente multiplicó la capacidad destructiva de un solo ser humano, probablemente no habría que lanzar un hueso al aire, sino una antorcha. Y eso desfiguraría la historia, pero humanizaría más la explicación de la violencia.

Quizás esta visión puede parecer provocadora, pero tiene un sólido fundamento histórico. La primera “arma de destrucción masiva” de la humanidad fue el fuego. 

Naturalmente no en el sentido moderno del término, sino como la primera tecnología capaz de producir un daño muy superior a la fuerza física de quien la utilizaba. Hasta entonces, la violencia terminaba donde alcanzaban los brazos del agresor. El fuego rompió ese límite. Permitía iniciar una destrucción que continuaba cuando su autor ya no estaba presente, se propagaba por sí misma y extendía sus efectos sobre personas, viviendas, cosechas, animales y bosques. Por primera vez, una sola acción podía desencadenar consecuencias de enorme magnitud.

El mismo descubrimiento, la gestión instrumental del fuego, que nos hizo más “humanos” que hizo posible cocinar los alimentos, sobrevivir al frío, fabricar herramientas, transformar materiales y construir las primeras civilizaciones amplió también, como ningún otro antes, la capacidad humana para destruir. Es decir, el fuego amplio los recursos humanos para el ejercicio de la violencia. 


Desde la Antigüedad el fuego ha acompañado la historia de la guerra, la intimidación y el castigo de múltiples formas. Con él se incendiaron aldeas, se arrasaron ciudades, se destruyeron cosechas y se practicó la estrategia de tierra quemada mucho antes de la aparición de la pólvora. Los bombardeos de Japón con napalm – un arma incendiaria - pretendían quemar Tokio y otras ciudades japonesas para acabar con la II Guerra Mundial. Hoy siguen impresionándonos los misiles o los drones, pero pocas tecnologías conservan una capacidad destructiva tan singular como un incendio fuera de control: actúa a distancia, multiplica el poder del agresor, permite prácticamente ser impune ante la sociedad y la ley y, deja una huella material, ecológica y psicológica que perdura mucho después de extinguidas las llamas. 

Si el objetivo de la violencia es producir sufrimiento, daño y muerte, el fuego es una buena herramienta para conseguirlo.

Los incendios forestales provocados también forman parte de esa larga historia. Cuando su origen es intencionado, el fuego deja de ser únicamente un fenómeno físico para convertirse en un suceso criminal. Igual que un cuchillo, un arma de fuego o un explosivo, el fuego puede utilizarse para vengarse, intimidar, ocultar otro delito, obtener un beneficio económico, resolver un conflicto o enviar un mensaje. El fuego rara vez constituye el motivo; casi siempre constituye la herramienta o instrumento de la violencia.

Cada verano el debate público suele centrarse en una explicación tan sencilla como engañosa y se centra en la figura del pirómano. La palabra se utiliza con enorme facilidad para describir a cualquier persona que provoca un incendio, como si detrás existiera siempre una enfermedad mental caracterizada por una fascinación irresistible por el fuego. La evidencia criminológica muestra una realidad muy distinta. La piromanía existe, pero es un trastorno extraordinariamente infrecuente y su impacto en los incendios intencionados muy limitado. Su diagnóstico exige un patrón muy específico de incendios deliberados, tensión previa, fascinación por el fuego y alivio o gratificación tras provocarlo, descartando además motivaciones como la venganza, el beneficio económico, la ideología o el intento de ocultar otro delito. 
La investigación psicológica y criminológica de las dos últimas décadas ha contribuido a cambiar este enfoque. La pregunta relevante ya no es únicamente si un incendiario es o no un pirómano, sino qué función cumple el fuego en su conducta. ¿Expresa ira? ¿Es un acto de venganza? ¿Busca intimidar, obtener atención, comunicar un mensaje o resolver un conflicto? Incluso quienes reinciden en conductas incendiarias suelen diferenciarse más por determinados factores psicológicos —como creencias de justifican el uso de la violencia de forma habitual, o graves actitudes antisociales o dificultades para controlar la ira— que por padecer una auténtica piromanía.


Desde un punto de vista probabilístico, resulta mucho más frecuente que detrás de un gran incendio forestal encontremos negligencias graves, conflictos personales, vandalismo, intereses económicos, trayectorias antisociales o personas vulnerables —por ejemplo, con abuso de alcohol o deterioro cognitivo— que un auténtico caso de piromanía clínica. Del mismo modo, cuando esta última aparece, es más habitual que se manifieste mediante pequeños incendios domésticos, repetidos y próximos al entorno cotidiano que mediante grandes incendios forestales. 

El pirómano busca el fuego pero el incendiario utiliza el fuego como procedimiento para conseguir otra cosa que entusiasmarse con su presencia. Quizá esa sea la pregunta que deberíamos incorporar al debate que cada verano renace con las llamas. No tanto qué trastorno padecía quien prendió la primera chispa, sino qué pretendía conseguir utilizándola. Porque mientras sigamos interpretando los incendios provocados únicamente desde la meteorología, la ecología o la psiquiatría, seguiremos dejando en un segundo plano una realidad esencial: que, con mucha más frecuencia de la que imaginamos. 

El fuego no es una enfermedad. Es un arma.

Barcelona, 31.7.2026